De Madrid hay tantas cosas que me gustan… Tantos rincones en los que me importaría perderme una y otra vez… Una ciudad a la que no puedo evitar retornar (cuanto antes, siempre mejor). Hacía ya bastante que no visitaba la capital y quién me iba a decir que cerraría las puertas del 2017 y cruzaría la enorme puerta del nuevo año en Madrid…

Quizás una de las cosas que más me guste de esta ciudad sea el poder recorrérmela sola sin llegar a sentir esa soledad que en ocasiones inunda las calles de una gran urbe en la que el anonimato por veces se agradece y por momentos te ahoga. Es más, de todas las veces que he estado en Madrid, siempre he necesita concederme un tiempo para mí, a solas con sus edificios de ladrillo marrón y sus casas de los Austria, en perfecta sintonía. Y ayer, 31 de diciembre, conseguí observar y sentir la ciudad desde nuestro pequeño microcosmos…

Había pasado el final de la mañana por los pasillos del Prado, engatusada por mi gran descubrimiento “pre fin de año”: Martín Rico. Después de ese buen sabor de boca, de pinturas maravillosas grabadas en la retina de mi mirada artística, bajé por el Paseo del Prado hasta llegar a la plaza donde se encuentra una de las entradas del Reina Sofía. Elegí uno de los bancos de piedra y me senté a esperar a un buen amigo que me trajo mi verano en Galicia. Quería dedicar ese pequeño paréntesis a leer, pero solo conseguí apurar dos páginas… Demasiadas distracciones a mi alrededor como para dejarlas pasar sin prestarles atención…

El Hotel Mediodía, a mi derecha, parece la versión madrileña del Grand Hotel Budapest, de mejillas blancas y balcones negros perfilando sus pestañas. Un edificio de elegancia simple pero penetrante, indiferente a la presencia de cadenas capitalistas que lo rodean. Curiosa dicotomía la de esa plaza, reflejo de un Madrid en el que resisten los negocios de toda la vida con las empresas que llegaron más tarde de importación. Tiendas con las patatas fritas besando el cristal del escaparate y bares con el obligado bocadillo de calamares… Hasta parece oler, tal vez solo sean imaginaciones… El efecto psicológico de los rótulos del Bar El Brillante…

Qué curioso, ese olor a aceite frito me hace pensar en el plato de calamares que se estaba comiendo una señora en la Cafetería La Ruta, en Puebla de Sanabria, cuando paramos a tomarnos el bocadillo a medio camino rumbo a la capital. Madrid es tan Madrid y tantos lugares al mismo tiempo, la convergencia de tantas rutas, tantas carreteros y caminos… Madrid es inicio y final, transición, movimiento y descanso. Lugar de partida y de llegada, con pellizcos de Galicia, Benavente, que se mezclan con Delicias y Castellana… Y por un momento, aquella plaza que observa al Reina Sofía, se convierte en mi punto cero. Ironías del destino, yo, a la que la realeza le produce alergia pero el arte le gusta demasiado…

Desde mi mirador improvisado consigo ver el reloj de Atocha sobre cielo gris de nubes que se mueven con el viento, como las agujas que hacen que el tiempo se consuma, aunque quiera pararlo por momentos. Sigo contemplando… Y no puedo evitar reparar en las banderas españolas del balcón del edificio de en frente, que parecen no haberse fijado en el restaurante italiano del bajo. Nacionalidades que se mezclan, como el rumor variado de lenguas que la plaza susurra.

Pasan grupos de franceses a mi lado, parejas de la mano con rasgos sudamericanos y palo selfie en la mano… Nochevieja madrileña para tantos turistas efímeros. Parece que las huellas del pisar de los turistas devoran los adoquines de la ciudad, pero en la plaza hay niños jugando, corriendo de un lado a otro y turnándose la bicicleta. Jugar como antaño, fuera. Esa cotidianidad que se resiste a morir. La belleza de no sucumbir al boom turístico que ha conquistado tantos espacios…

Los sonidos se juntan y separan con el paso de la brisa sutil… La risa de los niños, el ruido de los coches, las ruedas de la bicicleta rascando el suelo, y los idiomas, otra vez ellos… Un señor mayor con maleta en la mano sube las escaleras y su mujer va unos metros mas adelante que él. Intenta llamarla, pero ella ya está demasiado lejos. Nuestros ojos se cruzan y me dedica una sonrisa tierna. No sé por qué, intuyo que era griego.

Vuelvo a escuchar hablar francés… No era más que un grupo de españoles entrados en sus 40 intercambiando un par de frases cliché en la lengua de Baudelaire. ¿Quién es el verdadero turista entonces? ¿El que llega a Madrid o el madrileño condenado a recorrer una ciudad cambiante que lucha por no perderse? Como decían ellos: “C’est la vie!”.

Mi amiga sigue sin aparecer. Qué bueno tener el teléfono apagado, se ha quedado sin batería… Aprovecho para echar un último vistazo a las ventanas con cortinas de verano y me fijo en la boca de cada una de las callejuelas que van a dar a la plaza, a la caza de los pasos de mi amigo desaparecido… La magia de no saber en qué momento exacto llegará y de poder sentirme parte de Madrid sin que él deje de notar mi presencia. En un microcosmos, creado por los dos. En el secreto de ese paréntesis del último día del año. Inesperado.

 

 

 

 

 

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