Recuerdo cuando nuestros caminos eran dos líneas paralelas casi perfectas.

Caminábamos de la mano sin tener que entrelazar los dedos,

manteniendo el equilibrio sobre esa cuerda roja que nos unía,

como dos almas gemelas que tanto tiempo llevaban buscándose,

sin saber que algún día se encontrarían,

más allá de las fronteras de nuestros mundos conocidos.

Juntas creamos nuestro propio hogar,

entre cables de teléfono y llamadas nocturnas alargadas en el tiempo.

Sobrevivimos a las distancias entre las botellas mensajeras,

a ambos lados del océano,

cómplice de nuestros más profundos secretos,

a los que cada una consiguió dar voz tras demasiada condena de silencio…

Y continuamos creciendo,

ayudándonos cada vez que cada una vez tropezaba con un escalón inesperado…

Para poder seguir avanzando,

entre los pliegues de nuestros sueños compartidos,

que poco a poco se fueron definiendo,

hasta escoger su propio rumbo,

alejados en distancia y tiempo.

A veces insalvables.

Y por vez primera, nos dimos de bruces con el vacío,

separando nuestros senderos.

Tuvimos que aprender a caminar de otro modo,

con el reflejo de otras sombras a nuestro lado en el suelo.

Pero intentando buscar nuestras huellas…

Quizás por eso en ocasiones vagué perdida,

por no entender que a veces nuestras marcas se las lleva el viento,

pero siguen existiendo, invisibles, como el beso de la marea en la arena.

Y aunque no sean ya una constante,

quizás podamos reconocerlas en otros lugares…

Porque los caminos, pese a no ser paralelos como antaño,

a veces sí puede llegar a cruzarse de manera inesperada.

Y entonces, en ese punto muerto, vuelve a haber conversaciones

sin cables de teléfono de por medio ni cartas en el buzón de correos.

Asumir que las cosas cambian,

pero que no por ello tienen que desaparecer del todo.

Si ambas no queremos.

Sirenas eternas.

Que nadan,

cada una en su océano.

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