Dos mapas que se miran frente a frente,

cual espejos imperfectos que devuelven las imágenes borrosas

de sus contornos por descubrir.

 

Sin brújulas, ni estrellas en el firmamento.

 

Guiados simplemente por la intuición del paso de sus manos,

que avanzan por el plano de líneas curvas y rectas,

como viandantes solitarios recorriendo los misterios de una calle oscura,

hasta adentrarse en las profundidades de la ciudad.

 

Al compás de la respiración del viento,

en sintonía con el crepitar de dos corazones acelerados,

que se entrelazan en silencio,

con cada beso impreso en labios que hablan sin palabras.

 

Las yemas de los dedos dejan su huella húmeda en los adoquines,

desdibujando los secretos de dos territorios sin fronteras,

en búsqueda de ese punto neurálgico

en el que, por fin, poder dejar de ser extranjeros.

 

Exploradores entre las agujas de dos relojes congelados,

que se derriten entre el calor de sus cuerpos.

 

Mientras, sus miradas hablan un idioma propio.

Y se dejan llevar.

Dos mapas, frente a frente,

de contornos descubiertos,

aún por explorar.

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