“No anheles impaciente el bien futuro: mira que ni el presente está seguro.”

Samaniego


Cada día se publican en los medios tantas noticias sobre desgracias… Asesinatos, accidentes, muertes naturales inesperadas, ataques terroristas… La muerte es una constante en nuestras vidas al fin y al cabo, nacemos teniendo la noción de que algún día, ya sea más tarde o temprano, llegará el momento de tener que irnos y ser reemplazados. Tener que irnos sin poder ni siquiera despedirnos y sin estar preparados…

La muerte está tan presente y al mismo tiempo es la gran olvidada en nuestro día a día. Evidentemente no digo que debamos levantarnos cada mañana con miedo a que ese día pueda ser el último, pero quizás deberíamos, de vez en cuando, pensar que esa mañana puede que sí sea nuestra última oportunidad de aprovechar el regalo que se nos ha dado. Vivimos tan para el futuro y renunciamos en tantos momentos a lo único que es cierto: el presente.

Construimos toda una vida por delante de la que en realidad tenemos más incertidumbres que certezas y creyendo estar más cerca de ese porvenir nos alejamos de las raíces que nos atan a nuestro pedazo de actualidad. Quizás, por estar en ocasiones perdidos en los laberintos de lo que creemos ser nuestro destino, estemos dejando pasar instantes que deberían haber sido vividos en el presente y que se convierten en pasado que no ha llegado a ser materializado.

Nacemos para morir, todos sabemos eso, pero ese billete con la muerte como punto de llegada nos llevará por infinidad de caminos y de estaciones. Ese trayecto depende en gran medida de nosotros mismos, de nuestras decisiones, de nuestras acciones… Está claro que hemos de vivir entre esas tres dimensiones que constantemente van de la mano, esas tres esferas temporales conformadas por el pasado, el presente y el futuro, pero de lo que no cabe duda es que vivir es el ahora.

No podemos vagar por los laberintos de nuestro pasado de forma constante, sino que hemos de dejarnos guiar por los hilos que hemos tejido y que quizás nos ayuden a tejer mejor el mapa del futuro desde nuestro presente. Dejarnos arropar por el calor de la lana que todavía hemos conservado tras la larga caminata y aprender de ello, leer entre las líneas de nuestra ruta aquello que queremos y lo que no queremos, lo que nos conviene y lo que no nos conviene y mirar fijamente al punto exacto en el que nos encontramos, para poder girar sobre nosotros mismos y aprovechar cualquier tipo de oportunidad que esté a nuestro alrededor. Contemplarnos en ese abanico de posibilidades presentes para escoger un nuevo rumbo o quizás continuar en la misma dirección.

Perdemos tanto el tiempo… Nos dejamos ahogar por el miedo de eventos que ya sucedieron y el temor de aquellos por suceder y que en realidad solo se queden en eso, en hipótesis perdidas en el tiempo que no nos pertenece… No tenemos que atarnos al presente, pero sí hemos de mimarlo y nos deberíamos dejar mimar por él. Porque desconocemos cuál es nuestra fecha de llegada, cuándo es que nuestro tren alcanzará esa estación final, sin posibilidad de retorno, sin opción a ser peonzas y empezar de nuevo.

Haya vidas pasadas o futuras, vida presente solo hay una y hemos de abrazarla como si fuese la única.

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