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Muros derribados hundidos bajo la arena,
la ley de la naturaleza en estado puro
avanza hacia los árboles con el oleaje,
que devora la playa a su paso.

Agua salada con efecto candescente,
una hoguera de San Juan mal apagada
que parpadea en el océano con su foco de luz azul
y engulle,
faro de luna que ha despertado de las profundidades
a los dioses marinos.

Entre los restos deshechos de montañas de arena desdibujadas,
escaleras de piedra que alguien construyó atropelladamente,
peldaños resbaladizos como última gota de esperanza,
la única escapatoria para no desaparecer,
a merced de las olas corrosivas.

Niños dando brazadas al aire,
padres con manos mojadas para tejer cuerdas con sus dedos,
pero son sogas de su propio final.

El agua ya ha llegado a mis pies,
avanza con más ímpetu,
acelerando la impresión de sus huellas
entre las hierbas que ya no volverán a crecer.

Un imán me tiene anclada a las arenas movedizas
que prefieren mantenerme a flote,
y me convierto en salvavidas de sueños,
en barca de futuro en el presente
y mis brazos los sacan a la superficie,
creo alas en las espaldas empapadas de los niños que no me miran,
por miedo a ver.
Todavía no saben que ya no hay pesadilla posible.

Yo,

sigo en el océano de mi oniria,
pero ellos ya no sueñan,
viven.

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