“Pienso que la empatía es la cualidad más esencial de la civilización” Roger Ebert


No odio el mundo en el que vivo, no puedo odiar mi hogar, sería odiarme a mí misma. Odiar es una palabra demasiado fuerte… Pero sí siento verdadero asco por la falta de empatía que nos rodea y con la que convivimos a veces sin llegar a darnos cuenta. Está tan asentada, tan asimilada, que hasta hay personas a las que le costaría detectarla en algunas situaciones. Sin embargo, en mi caso sucede todo lo contrario… Cada vez soy más sensible a ese tipo de situaciones y tengo que armarme de fuerza y paciencia para no explotar, sumergirme en mí misma y evadirme de esas sombras sociales que nosotros mismos creamos. Ese veneno que está en el aire, como el humo de un cigarro en una habitación sin ventilación. Asco y tristeza, de que se respete tan poco… De que constantemente nos olvidamos de que no estamos solos…

Resulta irónico, somos seres sociales de lo más antisociales. Porque desde luego, desde mi punto de vista, la falta de empatía es una carencia total de responsabilidad social, la ausencia de concienciación de grupo. Nos encanta esa sensación de estar en manada para no exponernos a lo que erróneamente pensamos que es el mal de la soledad (de estar con nosotros mismos) y somos los peor acompañantes. ¿Egoístas por naturaleza? Es una afirmación que aborrezco, porque al fin y al cabo pensar en uno mismo no es incompatible con la empatía. Prefiero hablar de amnesia social y de dar las espaldas a esa inteligencia emocional y social, la gran olvidada.

Compartimos un mismo espacio y hemos de cuidarlo de manera conjunta e intentar garantizar la mayor calidad de vida. ¿Utópico? Tal vez en el sentido de que lo que me molesta a mí puede que no le moleste a mi vecino, pero hay normas sociales que deberían ser de manual y respetarse a raja tabla. Cuestiones como el ruido. Que somos humanos y no seres de otro planeta del espacio con oídos más desarrolladas capaces de soportar mayor grado de decibelios. Que sí, que eso también va ligado al tono de voz de una persona, pero son cosas que se entrenan, que se trabajan.

Si son las ocho de la mañana de un lunes, por ejemplo, aunque yo madrugue más que mis compañeras de piso, no se me ocurre ducharme con la música a todo volumen (es que directamente ya no me ducho con música, creo que el agua ya hace bastante ruido como para añadirle otro elemento que pueda despertar a las que aún están durmiendo en el piso). Hay ruidos inevitables, está claro, como el click del microondas para quien se caliente la leche del desayuno, pero cae de cajón que no vas a dejar tu rutina de lado por los demás. Se trata de encontrar un equilibrio, de la lógica (o lo que se debería entender por lógico). Lo mismo se podría aplicar a cuando compartes piso y llegas de fiesta a horas intempestivas. ¡No te pongas a hacer el estúpido en el pasillo, ni sin darte cuenta ni mucho menos por tocar la moral de los que quieren descansar y no se unieron a la fiesta! Si es que al final, lo único que conseguimos actuando por impulsos y sin conceder unos segundos a reflexionar sobre lo que puede llegar a molestar a más de media humanidad es crear un mal ambiente, dejar en el aire un aura de incomodidad.

Arriba mencioné detalles que para muchos resultarán insignificantes (“tampoco se puede ser tan radical”, “no seas exagerada, que seguro que tú también haces ruido”). Son granos de arena que forman la playa que todos pisamos. Además, que se trata de cosas más que negociables. Por algo tenemos la capacidad de comunicarnos, ¿no es así? Es tan fácil como preguntar a la gente con la que vives si por ejemplo están estudiando y les molesta que escuches música en tu cuarto. Eso es empatía, pensar en los demás sin renunciar a ti, hablar las cosas cuando sea posible, en lugar de ir por el mundo borrando las huellas de los demás de la arena.

Si últimamente me molestan más los gritos de los vecinos; los empujones en los bares y discotecas a lo descarado y que nadie se gire como si fuese un ser invisible; el humo de tabaco que te echan directamente a la cara como si fueses una columna de piedra que se mueve, hay cosas que ya no es que me molesten, sino que me indignan verdaderamente. Ya no hablo de cosas que me hayan pasado a mí, no tengo porque ser víctima de gestos de nula empatía para que algo me haga reflexionar sobre lo antisociales que nos hemos convertido. Por no hablar de lo mucho que nos gusta utilizar mal las palabras o directamente en su origen haberle dado un significado que no le correspondería… Decir de alguien que se concede momentos de reencuentro consigo mismo que es un antisocial… Antisocial es el que renuncia a las obligaciones de vivir en grupo. Hipocresía humana, cómo no.

Hace una semana estaba de regreso del trabajo en el autobús urbano y en la parada siguiente a la mía se subió un señor que cojeaba y que no llevaba ningún tipo de muletas o de ayuda para caminar mejor. Se sentó cerca de donde estaba yo y al poco rato se subió una señora que se quedó de pie a su lado. El señor, que como ya dije le costaba caminar, le cedió el sitio a la señora y se fue para uno de los asientos libres del final. Y eso que la señora, si se hubiese querido sentar desde un principio, podría haber hecho lo mismo, haberse ido a la parte de atrás del autobús. Por falta de sitios no era, desde luego. Ese gran gesto me hizo sonreír, compensó la balanza de esa desilusión provocada por la tristeza de haber presenciado otras situaciones que reflejan todo lo contrario a empatía y generosidad humana.

La semana siguiente iba en otro urbano de pie, cargada con mis dos maletas y a mi lado había un carrito colocado justo delante de los asientos en los que iban la madre de l niño y su hermano. El autobús pegó un frenazo y como el carrito no iba bien asegurado, se movió y se chocó contra una de las barras del autobús. El niño del carrito, evidentemente, empezó a llorar del susto y su madre se bajó del asiento para calmarlo. Pues justo en ese momento una señora tuvo la feliz ocurrencia de sentarse en el asiento que la madre había dejado libre, pese a que en el bus solo había cuatro personas más sentadas. ¿Por qué? ¿Vamos tan ciegos por el mundo que no sabemos ni asociar elementos? Era más que evidente que un niño pequeño de tres años no viaja solo y que si hay un adulto con otro carrito cerca lo más probable es que sea su madre. Lo peor de todo es que una anciana que estaba sentada detrás del niño le dijo: “mire, que este niño va con su madre, que estaba sentada ahí hace nada”. Como no, anti-empática todavía tenía más que decir y en lugar de cambiarse de sitio o disculparse se quedó mirando a la anda con desprecio y cara de amargada. La anciana y yo cruzamos nuestras miradas y hablamos sin necesidad de palabras.

Me quedo con que afortunadamente toda moneda tiene dos caras y pese a que no hay que renunciar a ninguna de ellas, cuando necesite ver el lado iluminado por la luz de la razón y la humanidad, es tan fácil como darle la vuelta. Temporalmente…

Anuncios