“Jamás hallé compañera más sociable que la soledad” Henry David Thoreau

“Vivimos como soñamos, solos” Joseph Conrad


Hace poco estaba hablando con un amigo -por Whatsapp, ¡cómo no!- y me dijo que estaba en la playa con una ventolera de mil demonios. Que hiciese viento de “agárrate a un pino si no quieres salir volando” o hiciese calor sofocante, la verdad es que me traía sin cuidado, pero lo que no me dejó indiferente fue su reacción cuando le pregunté si había ido solo. Vamos a ver, ¿qué tiene de marciano ir a pasear a Samil felizmente acompañado por uno mismo, el viento y los pocos rayos de sol que ganaron la batalla a las nubes del cielo?

“¿Solo? Ni que fuese autista”. No sé ni por dónde empezar, qué curso del río seguir para canalizar mi indignación sin que llegue a provocar una inundación por efecto del agua en ebullición. Hablar con semejante soltura sobre el autismo, sin ser consciente de lo que conlleva… Pero esa cuestión daría para otro artículo. Hoy me centraré en ese factor soledad que mi amigo parece querer repeler por todos los medios.

No entiendo por qué ese miedo visceral a estar acompañado en solitario, como si fuese algún tipo de virus social del que protegerse, que ha de ser silenciado, para que nadie te señale con el dedo por haber permitido dejarte marcar por las huellas de la lepra del siglo XXI. Siempre me ha dado la sensación de que para muchas -demasiadas-personas estar solos -ya sea durante minutos, horas o días- es sinónimo de ser una especie de ser antisocial, cuando en realidad, desde mi punto de vista, es un acto de empatía social. Todos necesitamos dedicarnos tiempo, sin compañía de ningún elemento externo a nosotros, en lugar de tomar la decisión contraproducente de estar con gente cuando el cuerpo nos pide todo lo contrario. Por desgracia, hay personas con el radar desactivado como para detectar esas señales y de notarlas, simplemente las ignoran, prefieren no leerlas directamente. Digo yo que todos necesitamos un respiro de vez en cuando, ¿no? La soledad es reoxigenación.

Nadie es menos por pasear solo por la playa. Qué mejor que el silencio para poder apreciar el rumor del agua, ese beso salado sobre la arena. Tampoco tiene nada de malo salir a dar una vuelta bajo el atardecer color champán y entrar en alguna cafetería a tomar un té humeante o una taza de chocolate caliente. Sentir el calor de la taza entre las manos y poder sumergirte entre las líneas de una novela, o simplemente nadar entre las olas de las notas de la música de fondo. También es igual de mágico la oportunidad de poder encontrarse a uno mismo en un parque, con el roce de la hierba susurrando posibles historias de los viandantes que pasan a tu lado, o que desaparecen en la distancia, desdibujados por las rejas del muro de piedra.

Encontrarse y escucharse, en lugar de permitir esa contaminación constante de ruidos y voces de fuera que silencian nuestras propias palabras. Queremos “entendernos”, “comprendernos”, “encontrar nuestro camino”, “saber qué pintamos en esta encrucijada”, pero, ¿cómo pretendemos resolver todas esas incógnitas si no nos concedemos el tiempo suficiente para encontrar respuestas?

De mí la gente puede pensar lo que quiera porque, a decir verdad, me trae sin cuidado lo que piensen de mí, sobre todo si son argumentos fundamentados en prejuicios. Antes sí me angustiaba la idea de ir a comer sola a un restaurante, por ejemplo, o incluso el hecho de tener que esperar demasiado tiempo a alguna amiga en la cafetería de la facultad. Ahora, me da absolutamente igual. Ya no siento ese pánico a estar “expuesta”, a que me juzguen (“qué le pasará a esa que está sola, menuda marginada”). No necesito -ni quiero-  refugiarme en los demás, en esa seguridad falsa que antes creía que me podía aportar la compañía. No deja de ser pura pantomima social, una farsa.

Hay tantas veces en las que me escondí bajo las alas de otros… Y en lugar de sentir el calor de sus plumas coría el frío mucho más que cuando no tenía a nadie para protegerme de posibles miradas. Porque es así, a veces buscamos a los demás por egoísmo, para evitar el qué dirán. Esas son las compañías más tóxicas, basadas en lo artificial. Ese tipo de relaciones de dependencia social son la verdadera definición de lo que entendemos por soledad, por desamparo, de ese cortante como el hielo, que te desnuda. Cuando la gente te hace sentir sola, lo peor es que ni siquiera te puedes refugiar en tu compañía.

Por eso, estar con uno mismo no implica abandono, marginación, inferioridad o soledad. Estar con uno mismo es centrarse en el poder de una compañía mágica y duradera y, por encima de todo, la posibilidad de construir un refugio interior sin necesidad de las alas de otros. Porque cada uno ha de conocer el tacto de sus propias plumas si quiere llegar a volar algún día. Mientras tanto, como dijo Rousseau, seremos seres que van arrastrando sus propias cadenas, condenados a escuchar el sonido del meta, contra la piedra.

 

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