Contemplo la línea del horizonte

y ya no reconozco el trazo de tu pluma

bordeando un Atlántico cambiante.

Mis ojos se pierden en las lágrimas

que tiñen de azul más claro el cielo

y no alcanzo a encontrar tu mirada

entre los luceros prematuros

que desean arder con la misma fuerza

que la hoguera interior que apagaste,

con el halo de viento que levantaste

de un portazo,

cuando te pedí que marcharas

y te fuiste,

sin mirar a atrás,

sin adiós ni hasta luego.

Tu paleta sigue encima de la mesa,

pero las pinturas ya se han secado

y ni el salitre húmedo del mar

podrá devolverles la vida

que les arrebataste,

las dejaste morir,

por miedo.

Nunca llegaste a completar

ese cuadro atlántico

de grises y azules,

tan solo un trazo,

al inicio de un pentagrama mudo

al que tampoco te atreviste a dar voz.

La única melodía es el rumor de las olas,

de mi mar,

del que ahora solo es mi océano,

solo yo tengo billete de ida y vuelta

el papel de tu pase

hace mucho tiempo que se ahogó mojado,

en las profundidades de lo que nunca será

nuestro Atlántico,

en ninguna de sus mejillas,

que ya no lloran.

Contemplo la línea del horizonte

y siento que es hora,

que ha llegado el momento de ser yo pluma.

 

 

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