Muchas veces me he llegado a preguntar

cuál es ese fabuloso destino que me espera,

o si realmente existe,

si algún día caerá de una bicicleta

en un rincón desconocido del mundo

un álbum de fotos en blanco y negro.

Sueño con llegar a aprender

a hacer mi propio bizcocho de ciruelas

y quizás,

en el mismo instante

en el que la levadura

manche la punta de mi nariz,

suene el timbre de la puerta

y el rumor de la brisa

me traiga la voz de su aliento

al otro lado,

con la oreja puesta en la madera

y el corazón en llamas.

Me he llegado a sentir tentada

de dibujar un interrogante en mi vientre,

en medio de la vía láctea de mis lunares.

Tal vez reconozca los trazos de mi caligrafía

y la tinta azabache de mi pluma.

O quizás pase de largo,

como si fuese un sucedáneo más

de una Poulain no-auténtica.

No habrá tazas de té humeante compartidas,

ni el roce de nuestras manos

para recoger del suelo

el cuenco reverberante del gato

contra el azulejo.

Tendré que hallar cobijo

en una caja de latón

y refugiarme del frío

con las postales de mis sueños,

estampas de un futuro que nunca será presente.

No habrá peces en un Canal de Saint Martin vacío,

ni flechas sobre el asfalto

que la lluvia se ha encargado de borrar,

pues nuestros caminos ya se dibujan separados,

en mejillas opuestas del Atlántico.

Así que debería lanzar al mar

una botella de cristal suicida,

y fundir en un trozo de plomo

mi despedida,

para que se sumerja

en las profundidades del océano

y nadie,

ni él,

lleguen a encontrar un juramento de amor

que no será consumado,

que no tendrá sabor ciruela,

ni cereza,

ni arándano.

Es humo,

de un cigarro consumido

entre los labios solitarios

del cenicero

que esperaban sentir el roce de sus dedos.

A mí puede que me espere el mismo fabuloso destino,

apagarme,

como hoja de tabaco.

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