“Le souffle de la fin qui vient” Petit Prince, Saez


 

Estaciones de tren vacías,

de despedidas mudas

en el andén sin transeúntes,

entre escalones de hierro

de huellas de tren borradas.

Corre el suspiro de la brisa

entre los brazos oxidados

de la gran cúpula

que amenaza con derrumbarse

entre el vuelo de las únicas golondrinas

que se atrevieron a volver

y se toparon con la nada.

Ya no exhala la estación

bocanadas de humo,

ni se rompe el silencio

con el crepitar de unas ruedas

que no avanzan,

que se quedaron estancadas

en el murmurio de viajes

de otro tiempo,

inmortalizados por cámaras apagadas,

como la luz de los ojos

que dejaron de buscar

a los que ya tampoco parten.

Y me siento maleta de cuero

sin dueño

en un banco roto,

tan solo el recuerdo

de un pasado que no será presente,

el espejismo de un futuro inexistente,

entre barras de hierro

y adoquines secos

que silenciaron los pasos

de los que se fueron para no volver,

con aquel último tren

de un hasta luego

convertido en adiós.

Estaba escrito

en el cartel de “se vende”

de una taquilla sin billetes.

Pero yo,

maleta solitaria que nadie reclama,

yo no tengo cartel,

solo soy cuero

en una estación de tren

que se cae a trozos.

 

 

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