Me pregunto dónde estará

aquel globo de la infancia

que se llevó el viento,

ojalá fuese niña otra vez,

pluma liviana de las que vuelan

con la brisa de verano

y pudiese ser pájaro en el cielo,

con un globo rojo

haciendo de paraguas.

Y volar,

ascender,

cada vez más alto,

entre nubes de algodón

y golondrinas que regresan a casa,

porque las hay que vuelven,

mientras otras marchamos.

Escapar de muros,

de fronteras,

de senderos que traban

mi camino.

Y ser sirena en el aire,

bucear en el océano celeste

para convertirme en Zeus sin tridente.

Veo los globos de helio

en las calles empedradas

y me siento tentada a hacerme con uno de ellos,

pero el dinero no me dará la libertad,

una moneda no se transformará en alas,

ni en un peso muerto

capaz de volar,

de ascender,

cada vez más alto.

Contemplo el paisaje

a través de la ventana

con la esperanza de ver emerger

detrás de la línea del Atlántico

aquel globo que escapó de mis manos,

que vi marchar hace mucho tiempo,

y entonces dejé de ser niña.

Solo siento el respiro del viento.

 

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