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Me desvivo por la oscuridad

de la venda de tus ojos,

por el misterio de la topografía de tu mapa,

que recorreré con mimo,

poco a poco,

como violinista besando cada cuerda

de su amante,

hasta pulir la melodía

en ensayos programados e improvisados.

 

Quiero leer tu partitura,

rozar con las yemas de mis dedos

cada clave de sol al inicio de tus pentagramas

y con pluma invisible

añadir mis propias corcheas

a tu firmamento de claroscuros.

 

Quiero ser pianista,

para rozar hasta la última tecla

de tu piano de cola

y dar voz a cada nota muda

en el eco del vacío

que llenaré con tu melodía,

hasta que las paredes se empapen

con el vapor

del aliento de tu música

y los silencios dejen huellas

en el espejo de nuestros horizontes

hechos océano.

 

Quiero escucharte,

dedicar horas a un concierto lírico

que haremos nuestro

en nuestra sesión de música de cámara

entre las bambalinas

de los pliegues de nuestras pieles.

 

Quiero afinarte,

perfeccionarte,

dejarte sin voz,

sin aliento,

quiero colmar nuestro teatro

con el eco de tu última nota.

Y comenzar de nuevo,

en la oscuridad de la venda de tus ojos.

 

Piano.

 

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