¿Volveré a escuchar tu voz algún día?

Puede que después de tanto tiempo

ya deberían haber criado malvas tus recuerdos,

pero no puedo elimiarte de eso modo,

talarte como si fueses árbol.

A veces nace dentro de mí el impulso de llamarte,

pero sé que si marco tu número

no habrá señal al otro lado de la línea,

tan solo el eco de mis pensamientos vacíos.

Y aun así, sigo soñando con que un día,

dentro de unos meses, quizás años,

el móvil sonará y aparecerá tu nombre en la pantalla.

Porque no he podido borrarte de mis contactos,

eso signifcaría que yo misma te habría matado,

como si fueses un amigo de la infancia desaparecido

al que eliminar de la agenda

para mitigar el dolor de la ausencia.

Triste ilusa…

Esa llamada no llegará,

nuestros caminos están demasiado distantes

y tal vez ese dolor que brota en ciertas tardes de lluvia,

sea producto de saber que nuestros metros

nunca se cruzarán,

pues avanzan ya en direcciones opuestas,

rumbo a países con códigos internacionales incompatables.

Ese hilo rojo que me habría gustado tejer de color verde,

manzana esperanza,

seguramente esté ya tan deshecho

que apenas sea capaz de mantener viva

esa conexión que sentí

cuando te vi por primera vez

y electricidad recorriendo mis venas.

Puede que seamos dos hogueras

a las que debido la falta de madera

en el invierno de nuestras primaveras,

el fuego se acabe consumiendo.

Y entonces, cuando te apagues por completo,

entonces sí que ya no podré encontrarte

y mi luz invisible tampoco hará de guía.

Ni la pantalla del móvil se encenderá

con una llamada muda

que de vez en cuando suena en mi interior

y me despierta de mi delirio,

de sueños infinitos que no consigo callar.

Mientras tanto le hablo al vacío,

lanzo botellas con mensajes para un destinatario

que, de recibirlas,

será en la dirección enquivocada,

en un buzón que ahora pertenece a otra persona.

Botellas vagando entre las olas, como yo,

que creo sentirme sirena en el mar

y no soy más que barca a la deriva,

sobreviviendo al impacto del agua

contra la madera de mi casco gastado.

¿Enamorada?, ¿todavía?

¿Después de tantas páginas arrancadas del calendario?

Supongo que hay amores ave fénix,

que de vez en cuando emergen de entre las cenizas,

de los recuerdos que avivan un fuego que creía dormido

y cual bocanada de aire fresco,

borra el polvo que cubría memorias pasadas.

Cuando las llamas se consuman, de nuevo,

seguiré mandando señales de humo

que cubran nuestro cielo,

porque al menos me queda el consuelo de saber

que amanecemos con la despedida de una misma luna,

como antaño.


 

 

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