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“Dentro de 20 años estarás más decepcionado por las cosas que no hiciste que por las que hiciste. Así que suelta amarras, navega lejos de puertos seguros, coge los vientos alisios. Explora. Sueña. Descubre” Mark Twain


Muchas veces he pensado en lo mucho que me gustaría poder guardar recuerdos en frascos de cristal, capturar instantáneas en botecitos de perfumes ya vacíos que adquirirían olores todavía más intensos y mágicos. Elegiría frascos como el de l’eau de toilette de Amelie, el de la escena en la que descubre una caja de latón gracias a la baldosa que se movió en el baño por efecto del impacto de la tapa del bote contra la pared.

Tengo miedo a que la memoria me traicione y con el paso del tiempo esas vivencias que he ido guardando en los cajones de mi subconsciente se vayan borrando hasta adquirir un aspecto prácticamente invisible. Temor a que las voces de aquellas personas con las que compartí mi camino se conviertan en silencios; a que las melodías que hacen de banda sonora de esas experiencias no sean más que notas vacías en una partitura en blanco; que los olores que formaban parte del decorado se esfumen con el viento y no regresen con la brisa de una nueva estación…

Me gustaría poder evocar todas esas instantáneas como si estuviese sentada en la butaca roja de los antiguos cines Valle Inclán que ya han cerrado y rozar con la yema de mis dedos los rostros de las personas en escena, como si cobrasen auténtica vida en la pantalla. Teletransportarme a todos los lugares que pisé y quizás no vuelva a ver, oler, saborear… Viajar a un pasado en calidad de presente y revivir una y otra vez momentos que pese a haber dejado huella, quizás se esfumen o no sepa encontrar esa marca que imprimieron en mi ser.

Si hay algo que me reconforta y poco a poco ha ido difuminando ese miedo irracional -como tantos otros temores que nos invaden- es tener la certeza de que esos momentos tarde o temprano renacerán, cobrarán vida cual fénix que brota de entre las cenizas, por muy alta que sea la montaña de hollín que cubre sus alas. La teoría del eterno retorno, como si el universo funcionase de igual modo que las mareas, como el vaivén del mar que sube y baja, que cubre la arena y retrocede dejando su beso en la orilla para más tarde retomar su danza sobre la playa de huellas de gaviotas que aparecen y desaparecen. Y no lo digo yo, lo dijo Nietzsche.

La vida es cíclica, lo que pasa hoy se repetirá mañana y el mañana ya es hoy. Ese mecanismo por el que se rige el mundo son esos frascos que tanto tiempo llevo buscando, es la solución a mis males, la negación del olvido. Puede que mañana no me acuerde de mi presente ya pasado, pero al menos, si ese presente fue vivido, fue saboreado, visto, olido, tocado, al menos sabré que mi futuro será igual de bello que las vivencias que quiero meter en frascos.

Lo que ahora no vivamos, nunca será vivido. El miedo al olvido es tiempo perdido.

 

P.D.: We will say goodbye to everyone, but we will say hello to all of them every once in a while, again [Nos despediremos de todo el mundo, pero a todos ellos les diremos hola de vez cuando, otra vez].

 

 

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