“Me pregunto si las estrellas se iluminan con el fin de que algún día, cada uno pueda encontrar la suya” El Principito


Me siento afortunada por vivir rodeada de personas maravillosas que iluminan incluso mis mañanas y tardes más oscuras. Cuando mi luz es prácticamente imperceptible ahí están ellos dispuestos a cederme parte de su energía con el único afán de dibujar una sonrisa en mi rostro apagado. Gente capaz de leer la tristeza de mis ojos y de leer las líneas de felicidad que me envuelven en los momentos de paz interior.

Personas a las que verdaderamente admiro no solo por su empatía y bondad, sino por su determinación, por su fuerza a la hora de luchar contra viento y marea cuando la tormenta amenaza con destruir el casco del barco en el que emprenden su viaje. Ejemplo a seguir en las más diversas esferas de la vida y al mismo tiempo fuente de conocimiento y sabiduría a través de la experiencia que con valor comparten con los demás.

Me gustaría ser espejo por un día y regalarles un destello de su reflejo, de su luz, para que se den cuenta de que no es cegadora. Hacerles ver que no tengan miedo a contemplarla, a contemplarse. Conseguir que no subestimen el poder de esa luz que es esencia y naturaleza que los caracteriza y es una pieza indivisible e indestructible. Solo necesitan deshacerse de las cadenas del miedo a enfrentarse a su imagen en el espejo y cuando se atrevan, entonces descubrirán la magia de una luz que no solo tiene la función de iluminar a otros, sino que también debe ser fuego que caliente a su portador.

Esas estrellas que tantas veces han iluminado mi camino solo necesitan tener fe para brillar todavía más fuerte y más alto. Han de creer en sí mismas y entonces serán invencibles y se convertirán en luceros de su propio firmamento, en esa luz que tanto tiempo llevaban buscando sin saber que estaban mirando hacia la dirección equivocada.

Ellas, sin saberlo, desataron la venda que me impedía ver mi propia luz.

 

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