“Cuando sufres, olvídate a recordar un momento alegre. Una sola luciérnaga es el fin de la oscuridad” Alejandro Jodorowsky


Parece mentira que ya haya pasado un año desde que estuve en París, 12 meses desde mi primer cumpleaños en la capital francesa, más de 365 días desde que conocí en Bastilla a la que fue y sigue siendo una familia para mí y mucho, mucho tiempo desde que me crucé en el Marais con aquella mujer vasca de sombrero de paja que marcó un antes y un después en mi percepción del mundo y de la vida. Aquellos que me conocen y conocen su existencia, saben de lo que hablo.

Sé que no puedo vivir anclada en el pasado y desde luego mi intención no es pretender recrear una buhardilla parisina entre las cuatro paredes del cuarto de mi piso de Vigo, pero tampoco quiero olvidar ese pasado, no quiero darle las espaldas. No quiero que París se conviertan en fotos reveladas escondidas entre las páginas de un álbum de los recuerdos. No quiero que París sea una estampa de morriña y melancolía de mi juventud como estudiante universitaria. Quiero que París siga latiendo en mi interior, que mi París siga vivo mientras yo no muera. Que ese pasado impregne mi presente y vaya en paralelo con los trazos de un futuro todavía por descubrir.

Porque París fue mucho más que un Erasmus, que 5 meses viviendo en una de las ciudades de Europa más hermosas. París fue la oportunidad de descubrirme a mí misma o más que de descubrirme, de atreverme a hacerlo, de no tener miedo a ser yo misma. Y la vasca, ella fue ese empujoncito que necesitaba, ella fue la que sin darse cuenta me animó a no tener temor a mirarme al espejo con otros ojos, como si me estuviese contemplando por primera vez. En París descubrí el mis alas multicolor y aunque por aquel entonces todavía me costaba, intenté desplegarlas para alzar el vuelo. No tuve el coraje suficiente de lanzarme desde uno de los tejados de pizarra y tuve que conformarme con ver el Sena desde un barco, pero aquel no fue más que el comienzo de una maravillosa aventura de autodescubrimiento y empoderamiento personal.

París fue la ciudad en la que me di cuenta de que soledad significa sentirse acompañado de uno mismo, escuchar nuestra voz interior en lugar de simplemente oírla como nos limitamos a hacer tan (demasiado) a menudo. Allí también encontré la inspiración para expresarme no solo a través de las palabras como ya hacía antes de mi Erasmus, sino también a través de la mirada. La fotografía, que se convirtió en adicción, en forma de vida, en necesidad, me permitía dejar impresa mi propia percepción de la realidad y prestar mis gafas a otros para que se fijasen en esos detalles que el objetivo de mi cámara capturaba. Transmiritir mensajes a través de la pluma y la imagen. Y esa libertad artística y expresiva me hacían sentir lo más cercano a volar en aquel momento, desligada de cualquier atadura o cadena mundana. Encontré en la escritura y la fotografía esa renovación que la música, el baile o la natación me habían hecho sentir antes.

Por eso no quiero olvidar, no quiero guardar todas esas vivencias, experiencias y sensaciones en un cajón que acabará cogiendo polvo. A veces me puede la punzada de la melancolía ácida y en lugar de teletransportarme a ese París que hice mío, prefiero quedarme anclada en el presente. ¿Por qué rechazar el despertar del recuerdo por miedo a no soportar la ausencia de ese sabor en el presente? Ese París no se va a repetir, pero puede y debe ser revivido, para no olvidar quién era, quién soy y hacia dónde quiero tirar. Porque París forma parte de mí y algunas de las personas que se cruzaron conmigo en las calles e Lutecia forman ahora parte de mi camino.

Esa ciudad fue la que dio luz a la luciérnaga que llevo dentro (los que me conocen, también entenderán) y fue la ciudad que me enseñó a sentirme orgullosa de portar esa luz como luciérnaga. No sé si esa luciérnaga recorrerá las calles de París en el futuro, pero espero que esa luz que un día iluminó esas calles nunca se apague. Luz a la que dieron vida esas personas que dibujaron tantas sonrisas, regalaron abrazos y compartieron sueños y esperanzas, gente que sin saberlo me hizo sentir más Vagalume que nunca.

Siempre les estaré en deuda y es por esa gente que mi París sigue vivo.


 

P.D.: Gracias por haber sido de esas personas que dieron luz a aquella luciérnaga que estaba naciendo.

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