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La verdad es que no sé porque continúo dejándome sorprender por titulares del tipo “millares de personas se reúnen en la Plaza de Oriente para rendirle homenaje a Francisco Franco y a Primo de Rivera” o con correos electrónicos de peticiones de Change.org para parar la celebración de un homenaje al que fue dictador de España en un hotel de Madrid. Indignación, rabia y asco que me carcomen por dentro, eso siento cuando me entero de que sigue habiendo personas que añoran aquellos años de tiranía en los que el Caudillo “iluminaba con su luz” un país que vivía en las sombras.

“España, una, grande y libre”. Supongo que seguirá habiendo personas que entonen este lema o que echan de menos escucharlo en boca del que en su día acuñó esa idea de una España unida. Esos mismos son los que suelen soltar perlas del tipo “con Franco esto no pasaba”, “si Franco levantara cabeza”… Pobres ilusos que creen que si el caudillo resucitase nos sacaría de todos los males. Si Franco estuviese vivo cavaría su propia tumba, volvería a ese lecho suyo del Valle de los Caídos en el que se derramó tanto sudor rojo. Porque España está menos unida que nunca.

Lo de que España sea grande entre grandes, también es bastante cuestionable teniendo en cuenta que somos la octava mierda de las Europas (y no lo digo yo, lo piensa Angela Merkel y lo que Merkel piensa, va a misa). En cuanto a España como cuna de la libertad… Ni lo fue con Franco ni lo es ahora. Lo de que España era libre en época franquista supera al concepto de utopía forjado en tiempos grecolatinos porque vamos, ni Franco se lo creía. Pero claro, había que poner al lema de la patria un punto y final bien bonito que quedase bien grabado en los corazones de los españoles y españolas como bocanada de aires eternos de libertad inexistente. A día de hoy esa afirmación de una “España libre” estaría mucho más cercana a la libertad pero a trompicones, con altos y bajos, con avances y retrocesos (cortesía de los compis y antiguos mercenarios de Franco).

Así que nada, o le inyectan morfina en vena a Franco si resucita de entre los muertos o dudo que llegue a sobrevivir más de cinco minutos en suelo español. Por lo que lo de gritar “¡Viva Franco!” como si estuviesen haciéndole una petición a los cielos (o un trato con el diablo), no sé si sería un acto de empatía por parte de los fanáticos que después de más de 45 años siguen reservando un pedacito de sus corazones para ese líder al que tanto admiran. Qué amargo debe ser el sabor de la alienación histórica, del olvido, de la ausencia de memoria… Y los que recuerdan, que no sean capaces de ver con ojos críticos el pasado no tan lejano de España. De eso ha pecado siempre nuestro país, de tropezar con la misma piedra por no recordar (o no querer recordar).

Los que siguen levantando la mano en alto cada 21 de noviembre ya sea en la Plaza de Oriente o en cualquier otro nido facha, flaco favor le hacen a esa España “unida, grande y libre” a la que tanto cariño tienen. Allá ellos y sus deseos de recrear los “años gloriosos” de dictadura. Quizás lo que les haga falta ya no sea una clase de historia bien dada, sino una clase de lengua española en la que la primera lección consista en abrir el diccionario por la sección de la letra “D”:

Dictadura

Régimen político que, por la fuerza o violencia, concentra todo el poder en una persona o en un grupo u organización y reprime los dere-chos humanos y las libertades individuales.

Dictador 

En la época moderna, persona que se arroga o recibe todos los poderes políticos y, apoyada en la fuerza, los ejerce sin limitación jurídica.

¿Y aún así, después de leer eso, quieren devolver la vida a Franco o encontrar un substituto igual de “válido” y “admirable” que él? O no saben leer o padecen memoria a corto plazo, porque creo que con simplemente echarle un vistazo a la acepción de la RAE para la palabra “dictador” no es necesario entrar en detalles ni en las características propias de nuestro -afortunadamente- difunto dictador.

Yo, en un día como hoy, solo puedo decir: Franco, que descanses en paz.

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