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“Twitter llora la muerte de Diesel, la perra policía fallecida en el asalto de Saint Denis” El Mundo


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Toda vida tiene valor, ya sea la de un ser humano o la de un animal. Con este artículo no pretendo desprestigiar la vida de Diesel, la perra que murió en Saint Denis trabajando codo con codo con la policía durante el asalto al piso en el que supuestamente se escondían los terroristas que se habían dado a la fuga el pasado 13 de noviembre.

Lo que sí me carcome por dentro es ver a la gente movilizándose por las redes sociales para rendirle un homenaje a la perra fallecida. Personas que han compartido la foto de Diesel en Facebook y que han llorado su muerte en otras redes sociales como Twitter o Instagram. Frases emotivas en honor a su trabajo como perra policía muerta en acto de servicio, pero tantos silencios en torno a los bombardeos continuos sobre ciudades sirias como la de Raqqa, que sufrió en primera mano los ataques del ejército francés después del ataque terrorisa en la sala Bataclán y otros puntos de París.

Fotos de perfil con la bandera francesa y muros con la imagen de la perra pero ni rastro de Siria, ese país que está tan presente y al mismo tiempo tan ausente. Hizo falta esperar cuatro años para que se hablase del conflicto, para que se le pusiese cara a los pasajeros de esas barcas que desde entonces cruzan el Mediterráneo con Europa como destino. El mundo entero se quedó conmovido con la imagen del pequeño Aylan en una playa de la costa turca. Ilusos hipócritas… Aylan es uno mucho de los niños que por desgracia (e injustamente) han perdido la vida escapando de la muerte. La fotografía del pequeño fue portada de muchos periódicos europeos, traspasó fronteras y llegó al otro lado del océano Atlántico.

¿Ha cambiado algo desde entonces? La fotografía se esparció como la pólvora, pero no lo suficientemente rápido como para escapar de la explosión. Y desapareció con ella, olvidada. Quizás porque en Europa padecemos algún tipo de trastorno amnésico (o tal vez sea memoria selectiva). Nos encanta unirnos a la masa en las redes sociales, ser marionetas de Facebook que comparten imágenes de Aylan y cambian fotos de perfil, pero en realidad no tenemos criterio para pensar por nosotros mismos. Aylan estuvo en nuestras mentes durante un tiempo, nos sentíamos en deuda con Siria, con sus refugiados. Nos asustó esa idea de vivir en una Europa muerta y buscamos Siria en nuestros mapas. Efectivamente, existía. Pero tuvimos demasiada prisa en volver a la comodidad de nuestros hogares europeos, creíamos que con mostrarnos un poco concienciados bastaba, compensaba la falta de empatía del pasado.

Nos acabamos inmunizando con cada nueva noticia sobre una nueva llegada masiva de refugiados a alguna isla de Grecia. Hasta que el sonido de la destrucción que obliga a que esa gente escape rumbo a Europa se escuchó demasiado cerca de nuestras casas hasta ahora seguras. Es como si Siria hubiese renacido de entre los casquillos de los atentados de París, pero como una especie de germen del mal. Los que hace unos meses lloraban la muerte de Aylan ahora señalan con el dedo a los refugiados y defienden con puños y garras el cierre de las fronteras para evitar la supuesta oleada de terroristas. Qué triste es estar alienado hasta el punto de no saber distinguir entre refugiados y terroristas inflitrados entre los refugiados…

En el poco calor que queda en nuestros fríos corazones derramamos lágrimas por una perra y damos las espaldas a víctimas de la misma peste que acabó con la vida de Diesel. Porque sí, los refugiados también mueren a manos de los terroristas que sembraron el miedo en Europa. La gran diferencia es que el derramamiento de sangre en Siria es diario. ¿Acaso sus vidas valen menos que las de la perra caída en combate? Twitter debería haberse ahogado hace mucho tiempo con las lágrimas por los civiles asesinados en Siria.

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