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“Eran almas gemelas, de alguna manera los dos estaban mucho más solos que los demás, compartiendo el mismo agujero del abismo” José Agustín


Seguramente muchos de nosotros nos hemos preguntado en determinado momento de nuestras vidas si las almas gemelas existen de verdad o no son más que parte de un mito en el que entran en juego las medias naranjas que por lo tanto nunca se juntarían. Tendemos a reflexionar sobre este tipo de cosas en las etapas de nuevos amores y desamores, necesitamos respuestas pero el gran enigma siempre se acaba quedando flotando en el aire. Y aun cuando estamos convencidos de que las almas gemelas sí existen, nos atormenta la idea de no llegar a cruzarnos con ella, de acabar perdiéndonos en un laberinto de túneles sin salida intentando encontrar un espejismo que no llegará a materializarse.

No sé si existen o no las almas gemelas, no soy quién para responder a esa pregunta, pero lo que sí sé es que de existir, nos alejamos constantemente de su camino o de llegar a cruzarnos con ellas, simplemente estamos demasiado ocupados como para fijarnos. Vivimos tan condicionados por la tecnología que tenemos una distorsión de la realidad, nos es imposible compatibilizar esas dos esferas en las que nos movemos, mundos paralelos que al final nos condenan a vagar perdidos tanto en los senderos reales como por los hilos del mundo virtual.

¿Cómo se va a cruzar nuestra mirada con la de ese amor inesperado si solo tenemos ojos para la pantalla de nuestros teléfonos y oídos para los audios de Whatsapp y las llamadas, cada vez menos habituales? Estamos demasiado ocupados en cosas banales como para prestar suficiente atención a lo que pasa a nuestro alrededor. Y no hablo solamente de almas gemelas o medias naranjas, sino de los pequeños detalles, de la felicidad que se esconde detrás de ellos y de ese sabor característico de cada pellizco de felicidad.

El arco iris que se dibuja en el cielo como si fuesen trazos de acuarela sobre las nubes después de una tormenta; el canto de los pájaros que en ocasiones es capaz de hacerse oír pese al ruido de los motores de los coches de las grandes y pequeñas ciudades; el olor a pasteles recién hechos al pasar por delante de un comercio o esa fragancia tan característica de la hierba recién cortada en verano… Preferimos actualizar Facebook en la parada del bus; sacarnos un selfie en el espejo del ascensor para publicarlo en Instagram, esa red social narcisista que expandió como la pólvora el concepto de “postureo” hasta entonces inexistente; aislarnos del mundo absortos por una conversación de Telegram o Whatsapp…

La vida que se esconde tras la pantalla no es más que una ilusión que portamos en nuestros bolsillos (y demasiadas veces en la mano, como una especie de tercera mano o miembro extra que ya forma parte de nuestros cuerpos). ¿Pero acaso se le puede llamar vida a un ser inanimado que muere cada vez que se consume su batería? Vida es la de nuestro corazón, cada latido, cada respiro, cada nueva bocanada de aire. La realidad es vida, no la tecnología.

Puede que por ir pendiente del teléfono de camino a la Universidad dejes de conocer al amor de tu vida (o a uno de los muchos amores que pueden llegar a complementar la paleta de colores en una etapa determinada de tu vida), pero también puede que te pierdas la mirada exploradora de un niño que va en el carrito o quizás la sonrisa de alguien que se acaba de reencontrar con un amigo. Haya almas gemelas o no, lo que sí hay es una vida en el interior de cada uno de nosotros, una vida que merece la pena y que solo se saborea una vez.

Podemos elegir invertir esa vida única en dejar nuestras huellas en la pantalla de nuestros smartphones, pero desde luego también existe la posibilidad de dejar esa huella en nuestro mundo, en las personas que formen parte de él y en las que estén por venir (sean medias naranjas o gajos igual de bellos que un alma gemela). Y sobre todo, permitir que el mundo deje huella en nosotros en lugar de un nuevo like en Instagram o un mensaje de Whatsapp.

 

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