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“Soy musulmán, soy boxeador, un hombre que busca la verdad. No estaría representando al Islam si fuese un terrorista. Todo el mundo debe conocer la verdad: Islam es paz” Muhammad Ali


Como seres humanos que somos, sentimos. Podemos elegir el camino del odio o el del amor, la decisión de qué sendero tomar depende de nosotros y de hacer oídos sordos a las presiones de las personas que nos rodean y pretenden condicionarnos con sus propios pensamientos y decisiones. Podemos elegir el camino del rechazo al prójimo o el de la aceptación basada en el entendimiento mutuo, en un amor recíproco capaz de mover masas aunque a día de hoy los engranajes del mundo se muevan con el estallido de las bombas y el sonido de las armas de fuego.

El odio solo genera más odio, confusión y ceguera. Es esa venda que nos impide ver la realidad y acercarnos a ella, a veces por miedo a no querer descubrir lo nuevo y desconocido, el rechazo a escuchar a los que siendo diferentes son iguales a nosotros. Pero el amor, el amor es esa fuerza invisible que podemos llegar a materializar en nuestro planeta a través de gestos de fraternidad y solidaridad que sean simples palabras impresas del lema “Egalité, solidarité, fraternité”. Si no creemos en ese mensaje y no lo llevamos a la práctica, no son más que palabras vacías que se lleva el viento, una realidad posible que nos empeñamos en convertir en utopía. Igualdad, solidaridad y fraternidad tienen que ser el medio y el fin.

La bondad y la valentía fueron los dos motores que llevaron a un musulmán de París a plantarse en la Plaza de la República y, con ojos vendados, ofrecer abrazos a aquellos dispuestos a acercarse a él. Su mensaje: “soy musulmán pero no terrorista”. Fueron muchas las personas que confiaron en él y lo arroparon entre sus brazos, una lección de confianza mutua y de fraternidad en una de las zonas más transitadas de París y lugar que fue testigo del miedo vivido el pasado viernes 13 de noviembre.

Pero nosotros podemos elegir si hacer de ese miedo nuestra constante de vida. Y él fue de las personas dispuestas a seguir con su día a día, no dejar de lado la rutina por la política del terror. Aunque tampoco olvida y por eso quiso dar una lección a todas aquellas personas que desde la semana pasada se dedican a señalar con el dedo a todo hombre con aspecto de árabe y a toda mujer con velo.

Me reconforta saber que pese a los mensajes sangrantes e islamófobos que han inundado las redes sociales, Place de la République estaba llena de gente dispuesta a abrazar al valiente y grabarlo para compartir su mensaje con los que no se encontraban allí. Un abrazo puede parecer un pequeño gesto, quizás porque subestimamos su poder.

 

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