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“El sionismo es una encarnación del neo-nazismo …, terrorismo intelectual y explotación racial” Yasser Arafat

prisionero


Reem Bargouthy, trabajadora del Centro de Acogida de Mujeres de Nablus (Palestina, ONG Family Defense Society) estuvo el pasado 11 de noviembre en la Universidad Pompeu Fabra, en una conferencia organizada por SEPC Ciutadella, “Palestina, dones i resistència”. A lo largo de toda la semana participó en otros actos que también tuvieron lugar en Barcelona, centrados en diferentes aspectos de la ocupación palestina y prestando especial atención a la situación de los prisioneros y de la mujer en los Territorios Ocupados.

Uno de los motivos que la trajo a España fue compartir su testimonio, el de una mujer cuyo hermano fue arrestado en 2002 y condenado a 320 años de prisión, donde continúa encerrado desde entonces. Trece años como prisionero en un lugar en el que los arrestos administrativos están a la orden del día, el arma perfecta para poder alargar las condenas de manera interminable y seguir ejerciendo opresión sobre el pueblo palestino, que vive bajo el régimen israelí desde que en 1947 se declaró la creación del Estado de Israel.

El control no solo se vive dentro de las diferentes cárceles repartidas por los Territorios Ocupados e Israel, sino que también se hace palpable en los hogares de las familias de los prisioneros. Sus vidas se ven marcadas por las agujas del reloj cuyos engranajes controlan las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI). Reem tardó nada más y nada menos que 6 años en conseguir un permiso para ir a ver a su hermano a prisión, situación a la que se enfrentan muchas otras familias. El motivo: Israel no reconocía el vínculo familiar y consecuentemente, el permiso de visita le fue denegado. Un ejemplo de esa estrategia de anular al pueblo palestino en todas las esferas de su vida, negando los lazos familiares.

Las consecuencias van mucho más allá. El padre de Reem Bargouthy no consiguió superar los niveles de tensión y presión bajo los que vivía sometido, tras seis años de espera al recibir la noticia de que por fin podría tener en brazos a su hijo, le dio un ataque al corazón y falleció en el acto.

El calvario de las familias no finaliza con la concesión del permiso de visita, pues llegado el momento del reencuentro, Israel se asegura de dejar claro quién tiene el poder, quién tiene la fuerza y el poder de decisión. En el mejor de los casos a los familiares se les hace esperar largas horas el día de la visita hasta que por fin pueden ver a los prisioneros pero en otras situaciones las visitas llegan a ser anuladas en el mismo día, a penas unas horas antes de la hora concertada. Reem esperó 20 horas para poder ver a su hermano después de 6 años de peticiones denegadas.

Las visitas no suelen durar más de una hora y en el caso concreto de Reem, solo se le permitió pasar 45 minutos con su hermano. Separados por un cristal y con un teléfono en la mano para poder comunicarse, con eso se encontró Reem Bargouthy tras cruzar las puertas de la sala de visitas. Ni contacto físico ni intimidad, pues todas las conversaciones se graban. El cristal como muro y las grabadoras como oídos del poder, otras técnicas para coartar la libertad de un pueblo palestino sometido a una situación de apartheid absoluto.

Además de las horas de espera y de las visitas casi cronometradas, los familiares también tienen que aguantar todo tipo de insultos y gritos por parte de los soldados. Vejaciones que también se viven a diario en la calle, en los checkpoints y en las detenciones, donde la violencia verbal va ligada a la fuerza bruta (y los abusos sexuales en el caso de las mujeres).

Reem Bargouthy llamó a la unión de los presentes en la sala para volcarse en una causa que, según ella, “no es palestina, sino humana”.

 

Palestine

Reem Bargouthy a la izquierda, Sana Atabeh en medio

 

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