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“Cuando me hablan de libertad recuerdo siempre el lema de la revolución francesa. La libertad vuela como las cometas. Vuela porque está atada. Usted coja una cometa y láncela, no vuela. Pero átela una cuerda y entonces resistirá al viento y subirá. Cuál es la cuerda de la cometa de la libertad: la igualdad y la fraternidad. Es decir, la libertad responsable frente a los demás” José Luis Sampedro


Dicen que una imagen vale más que mil palabras y un simple gesto, una mala mirada, también tiene la capacidad de hablar en medio del silencio, tiene más voz que cualquier palabra pronunciada.

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No puedo quitarme de la cabeza la forma en la que una señora mayor se quedó mirando a la chica con velo que se subió al autobús cuando ayer por la tarde me dirigía a la mezquita para ir a clases de árabe como cada domingo. Pagó su billete y fue caminando hacia el fondo de todo para sentarse en uno de los asientos libres del final, pasando por delante de la mujer, que no dudó en girarse con indignación sin quitarle el ojo de encima a la chica. ¿Acaso nunca había visto a una musulmana? La observaba con desprecio y ciertos aires de indignación, como si fuese un ser de una especie intocable con algún tipo de enfermedad contagiosa.

Puedo hacerme una idea de lo que se le estaría pasando por la cabeza tan pronto como vio el velo tapando el pelo de la joven. Tal y como está el mundo después de los acontecimientos vividos el pasado viernes en París muchas otras personas se habrían quedado mirando del mismo modo a la chica. Esa mujer es de las que se dejó vendar los ojos con la bandera francesa de la hipocresía, que solo permite ver una parte muy pequeña de la realidad. Probablemente el derramamiento de sangre que tiene lugar a diario en tantos otros puntos del mundo provocados por los mismos monstruos que atentaron contra París no sean tan relevantes para ella. Qué fácil es olvidar o directamente no querer escuchar, y que los únicos titulares a los que prestes atención en el telediario contribuyan a crear un discurso basado en el rechazo al prójimo por falta de conocimiento.

Una especie de simbiosis Islam-terrorismo ha echado raíces en Occidente, donde ser árabe y musulmán son dos identidades que a menudo se confunden y se tratan como sinónimos totales que conducen a la misma realidad: Estado Islámico y por ende, destrucción, odio y aniquilación. Qué fácil es meter a un colectivo heterogéneo en un único grupo y aplicar a todo Oriente Medio la naturaleza radical encarnada por el ISIS. En toda sociedad, país, religión o comunidad hay personas partidarias de la violencia como  medio para alcanzar una meta final, pero eso no implica que todo musulmán vaya con una bomba encima o con un arma bajo el brazo dispuesto a matar a sangre fría al primero que se le cruce en el camino.

Detrás del velo musulmán se esconde una mujer, una persona, un ser humano. Todos y todas formamos parte de una gran familia de la que hay gente que sin saberlo, reniega constantemente con actitudes xenófobas que se han hecho palpables en muchos de los comentarios derivados de los atentados de la capital francesa. Somos hermanos y hermanas viviendo bajo un mismo techo, con características propias que no son más que matices que nos hacen diferentes (raza, sexo, religión…). Tenemos que aprender a tratarnos como iguales con nuestras diferencias, porque son las diferentes tonalidades del mundo las que hacen de él un lugar bello. Y respetar, el respeto hacia lo diferente sin verlo como algo malo, sino con perspectiva, sin dejarse llevar por el escepticismo ni las generalizaciones que tanto daño hacen.

Ni todos los árabes son musulmanes ni todos los musulmanes son árabes y desde luego, ser árabe o musulmán, no convierte a nadie en portador del terror.  Llevar velo no convierte a una mujer en terrorista, sino en un ser humano con un trozo de tela cubriéndole el pelo.


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