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(No) “son tiempos difíciles para los soñadores” Amélie


Una de las cosas que siempre he querido antes de morir era escribir una carta para un destinatario misterioso -quizás al otro lado del océano o en una costa bañada por otro mar- y meterlo en una botella de cristal, como las que de vez en cuando flotan a la deriva en el agua o quedan ancladas en la arena de la orilla, vacías, silenciadas.

Mi único impedimento: mi concienciación con el medio ambiente. Sería feliz escribiendo una carta tras otra y dejando que el mar hiciese de paloma mensajera; o simplemente arriesgarme y mandar una única carta aguardando respuesta. Pero contribuir a la contaminación de los mares y océanos en lugar de poner mi grano de arena en este planeta Tierra, sería un acto de hipocresía. No siempre podemos hacer todo lo que nos apetece, pues nuestras acciones pueden tener consecuencias negativas.

Sin embargo, he recuperado la esperanza y he visto la luz al final de ese túnel de sueños que ya había metido en el cajón de mis deseos irrealizables. Pero no existen los imposibles, sino islas de posibilidades y hace poco mi barco atracó en una de esas islas desde la que sí podré lanzar mi botella de cristal.

En un colegio francés han tenido una idea brillante que consiste en lanzar una campaña para que diferentes personas de los puntos más variopintos del mundo envíen cartas a los niños y niñas de esa escuela. El objetivo: conocer los distintos países que conforman el mapa mundi a través de las cartas que vayan llegando. A cambio, ellos mandarán a cada uno de los remitentes un correo electrónico de su aventura postal por el mundo. Un gesto bello de dar y recibir, de compartir un pedazo de nuestros hogares y de que compartan un pedacito de su aprendizaje.

Quizás la carta que les mande nunca llegue a su destino, de ahí que sea como uno de esos mensajes embotellados, que conforme pueden llegar a ser encontrados por un marinero o un amante de los paseos matutinos por la playa, también pueden vagar perdidos en la inmensidad del gran mapa marítimo. Habrá que correr el riesgo y darle un voto de confianza al servicio de correos internacional, al fin y al cabo lo más probable es que sí llegue a Francia, entra en juego la estadística, no el azar. Con todo, si llegase a no encontrar su camino, existe la posibilidad de que en lugar de mensaje en una botella sea una carta con esencia Amelie y dentro de sesenta años aparezca en el buzón de la escuela con la huella marrón del paso del tiempo en las mejillas del sobre de otra época. ¿Habrá cartas de papel para entonces?

Et voilà!, aquí el rumbo que habéis de marcar en la ruta de vuestras botellas si os atrevéis a formar parte de una aventura mágica y también sois de esos que de niños -y no tan niños- soñabais con mandar un mensaje embotellado y os llegase una respuesta:

Bonjour

“Somos una clase de alumnos de entre 6 y 10 años del colegio Le Rocher des Lutins. Este curso estamos estudiando los países del mundo y nos encantaría recibir cartas de todo el planeta para estudiar los países. 

A cambio, os enviaremos un correo electrónico dándoos las gracias (con fotos y dibujos). Gracias por compartir nuestro mensaje para que de la vuelta al mundo antes de julio de 2016.

Contamos con vosotros.

Les Lutins [Los duendecillos]

1 Rue des Écoles 85330 Noirmoutier-en-l’Île, France”

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