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“En la bandera de la libertad bordé el amor más grande de mi vida” Federico García Lorca


Me atrevería a afirmar que todas las personas que lean estas líneas en algún momento de sus vidas se han preguntado en qué consiste la libertad. Una pregunta que ha rondado mi cabeza más de una vez y tantas otras me hizo reflexionar para encontrar una respuesta satisfactoria que me permitiese por fin sentirme pájaro y volar libre en un mundo en el que por desgracia nuestras cadenas suenan demasiado a menudo contra el suelo.

Habitualmente establecemos una relación directa entre libertad y soledad, como si para ser libres tuviésemos que evadirnos. Quizás sea una de esas ideas artificiales que otros modelan por nosotros pero que tienen la capacidad de echar raíces y alterar nuestros pensamientos. ¿Por qué esa necesidad de huir, de apartarnos del resto para poder saborear un pellizco de libertad? La libertad que viene en pequeñas dosis en paréntesis de tiempo en el que nos escapamos no puede ser la definición de la libertad.

Desde mi punto de vista la verdadera libertad es aquella que va más allá de la soledad y brota en sociedad. Ser libre es poder ser uno mismo con el resto de la gente, ya sea un familiar, un amigo o una pareja. Si cada vez que queremos ser libres necesitamos darle la espalda a esas personas, entonces no somos más que esclavos de nuestras propias cadenas. Por mucho que nos alejemos, cada kilómetro andando es una constatación de esa esclavitud que nos condiciona y tarde o temprano sentiremos el tirón y no seremos capaces de avanzar más hacia ese refugio ilusorio donde creemos ser libres.

Soy defensora nata de los beneficios de la soledad, pero no podemos hacer de ella nuestra medicina, nuestra droga. Por supuesto que necesitamos estar solos, pues conforme nos gusta estar en compañía de nuestros amigos, familiares o parejas también tenemos la necesidad de estar con nosotros mismos. Yo misma soy de esas personas que disfrutan paseando bajo los árboles que van perdiendo sus hojas de la Alameda de Santiago y también disfruto leyendo a la orilla del mar en el puerto de Vigo bajo el atardecer de rosas y naranjas. Claro que me siento libre en esos momentos, porque siento el calor de mi compañía y estoy cómoda en mi propia piel, rodeada por la tranquilidad de la naturaleza. Sin embargo, cuando realmente sé valorar esa libertad es cuando me reencuentro con el resto de personas que forman parte de mi vida y valoro lo afortunada que soy por poder mostrar ante los demás esa piel que me caracteriza. Ser yo misma, libre, en definitiva.

La soledad como salvadora o fuente de libertad puede convertirse en nuestra enemiga, en una pantomima que nos impide ver la realidad. Somos seres sociales, aunque a veces nos resulte difícil aceptarlo y hasta nos duela. Y como seres sociales, necesitamos despojarnos de nuestras cadenas y no tener miedo a desplegar las alas ante la mirada de los demás. Quizás al principio nos cueste alzar el vuelo entre el gentío por miedo a que los demás juzguen el color de nuestras plumas o nuestra destreza entre las nubes. Pero libertad es también atreverse y tener el valor de dejar a un lado los miedos y lanzarse al vacío. Porque bello es surcar los cielos en un amanecer solitario o en la tranquilidad de una noche estrellada, pero bello también es poder compartir con los demás la hermosura de un mundo sin cadenas ni jaulas.


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