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“La paradoja del amor es, ser uno mismo, sin dejar de ser dos” Eric Fromm


Existen tantas visiones del amor como personas existen en este mundo y combinaciones de personas acaba habiendo. No hay perspectivas más correctas o mejores que otras, pues lo que realmente cuenta en el amor es que este esté basado en el respeto mutuo y hacia uno mismo; en la comunicación como medio; y en ser fiel a los valores y principios individuales.

El amor existe en esferas diversas de la sociedad y en diferentes tipos de relaciones sociales y vínculos personales. Encontramos el amor en las familias, tanto en el núcleo familiar como en las ramas más lejanas al tronco del árbol; también es fuente de amor una amistad, ya sea de infancia o de las que van surgiendo a lo largo de los caminos de nuestras vidas y adquieren tonalidades nuevas conforme toman forma y se definen o redefinen. Pero me quiero centrar en el amor que tradicionalmente se denominaría como “amor de pareja”. Evito hablar de amor en clave de “lazo que une a dos personas” porque desde el momento en que existen tantos amores como personas en el mundo y la combinación de estas, a veces los puzzles pueden estar compuestos por más de dos piezas y en lugar de conformar un símbolo del yin y el yang ser parte de un gran mandala de poliamor.

Durante mucho tiempo, mucho antes de que muchos de nosotros diésemos nuestra primera bocanada de vida, se ha vendido la idea de amor como fusión de dos personas conformando un ente individual. En definitiva, amor como creación de un nuevo ser que automáticamente hace desaparecer la identidad de las dos personas que lo conforman. Una pareja o una red de poliamor de tres, cuatro o las personas que sean, sí, son un ser con identidad propia, pero no dejan de ser seres formados por dos mundos (o más). Crecí con Phil Collins y mi primer amor floreció con “Dos mundos” de fondo, esa canción de infancia que solía sonar en el coche de regreso a casa después del fin de semana en casa de mi abuela.

Había creído escucharla muchas veces, pero en realidad simplemente la había oído sin saber leer esa famosa frase “un ser dos mundos son”. Me quedaba estancada en la primera parte, sin darme cuenta de lo importante que es entender el amor como combinación de dos personas (o más) y no como una fusión. Y lo más importante, dicha combinación no conlleva dejar de ser uno mismo, ni dejar atrás el mundo de cada persona, pues esa vida pertenece única y exclusivamente a cada uno a nivel individual y es y tiene que ser compatible con el concepto “amor” compartido con otra persona (u otras).

El verdadero amor es aquel en el que para amar no hay que dejar de ser uno mismo, sino ser más puro que nunca y tener conciencia de quién eres en tu mundo y en el resto del mundo. Amar es sentirse orgulloso de compartir un pedacito de tu esencia con otras personas pero es también sentirse orgulloso de un mismo. Porque sin ti, sin tu mundo, no existiría ese amor que saboreas.


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