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“La ONU adoptó una postura firme contra el ‘apartheid’ y en los últimos años se estableció un consenso internacional que ayudó a poner fin a este sistema inicuo. Pero sabemos muy bien que nuestra libertad no es completa sin la libertad de los palestinos” Nelson Mandela


El 25 de septiembre tuvo lugar en el Espacio Nido de Vigo la proyección de las fotografías que Juan Teixeira, fotógrafo freelance vigués, sacó en su recorrido por Cisjordania. La exposición “Oriente Miedo” contó también con la presencia del activista palestino Mohamed Safa, oftalmólogo de profesión afincado en Cee desde hace más de una década.

Mohamed Safa comenzó su charla coloquio citando a Benedict Anderson, politólogo e historiador que acuñó el concepto de comunidad imaginada. Según Anderson, una nación es una comunidad construida socialmente, es decir, imaginada por las personas que aun sin conocerse se perciben a sí mismas como parte de un grupo común. Naciones que no entienden de religiones o culturas, como esa gran nación formada por aquellas personas que luchamos por la libertad del pueblo palestino. “Estamos unidos por un valor universal importante que es la solidaridad”.

Safa habló de apartheid, ocupación y opresión en un territorio en el que los israelíes se esfuerzan en negar la existencia del pueblo palestino. “Aman Palestina pero sin los palestinos. En Sudáfrica los blancos querían a los negros para trabajar”. Israel les niega por tanto la nacionalidad, siendo los primeros colonos de la historia que no conceden la nacionalidad a los colonizados. Los palestinos solo tienen derecho a la residencia, que debe ser renovada cada cierto tiempo alegando una serie de motivos que de no ser aceptados como válidos pueden suponer la pérdida del papel de residente. Nada más y nada menos que 14.000 palestinos perdieron el derecho a la residencia entre los años 2007 y 2014. En Jerusalén, donde ser palestino y residente es cada vez más complicado, tan solo el 14% de su superficie está reservada a los palestinos.

El derecho de construcción de una nueva vivienda es otro de los retos a los que se enfrentan a diario aquellos palestinos a quienes les deniegan los permisos de construcción por supuesto incumplimiento de la Ley del Retorno. Sin embargo, no solo se enfrentan a esta situación, sino que otros muchos han sido expulsados de sus casas para que estas pasasen a estar en manos de colonos judíos o directamente sus casas han sido destruidas para la instalación de un nuevo asentamiento judío. Ciudades como Jerusalén están rodeadas de cinturones de colonias respaldadas por la Ley de Propiedad del Ausente (Dios les dio esa tierra). Leyes basadas en dogmas religiosos y que en consecuencia no dan pie al debate, pues la religión es la ley imperante aun habiendo un gran número de judíos que no son creyentes y se aprovechan de ese derecho a la “tierra prometida”.

Pero los palestinos no solo han vivido la expulsión y destrucción de sus casas desde el año 1967, también han visto cómo ciudades como Jerusalén o Hebrón eran dividas mediante una repartición no legítima. Los israelíes se apropiaron también de uno de los lugares de culto más importantes para el Islam, la mezquita de Al Aqsa que se sitúa en la Explanada de las Mezquitas en Jerusalén, no muy lejos del Muro de las Lamentaciones, lugar sagrado para la religión judía. Los palestinos no tienen libre acceso al templo y por lo tanto sus horas de rezo están sujetas a la administración de la mezquita por parte de los colonos, que han dado preferencia a los judíos ortodoxos. División geográfica y de tiempo que conforman otro de los dedos de esa enorme mano de hierro que oprime más a un pueblo sometido a una situación de apartheid. La cuestión en Palestina no es mejorar, es poner fin a la opresión, a la ocupación y a la violación constante de los derechos humanos. “No estamos hablando de la condición humana, estamos hablando de los derechos del ser humano”.

“La lucha no es un derecho, es una obligación. Consentir la opresión es aceptarla” y para ello es fundamental contar el pasado, pasar la historia de generación en generación. Durante la Nakba (expulsión del pueblo palestino en 1967), los palestinos guardaron las llaves de sus casas porque pensaban que el viaje duraría menos, pero pese a haberse equivocado, pese a no haber retornado, siguen custodiando las llaves de los hogares de sus antepasados. Esas llaves no son nostalgia, “no puede ser nostalgia, la nostalgia es algo bonito. No puede ser la nostalgia la tragedia, esto es memoria”.

Los palestinos no olvidan.


Agradecimientos a Ernesto Ilkerman por la fotografía de portada.

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