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“Lo esencial se puede ver solamente con tu corazón” Antoine de Saint-Exupéry


11958218_896117897136336_4584447470972854648_oPor desgracia parece que vivimos en un mundo en el que nada nos llena lo suficiente como para poder decir con firmeza que somos felices. Da la sensación de que nuestra vida consiste en una especie de carrera en la que tras cada obstáculo aspiramos a estar más cerca de ese ansiado estado de felicidad pletórica que no llegamos a saborear como nos gustaría. ¿Pero qué es lo que buscamos? ¿Sabemos realmente dónde hallar esa felicidad?

Quizás el problema no solo sea el no saber dónde o cómo encontrarla. Ese vacío que a veces nos sacude puede que se deba a no saber valorar esos destellos de felicidad que van iluminando nuestro camino. Y es que el ser humano, aunque nos cueste admitirlo, suele ser bastante inconformista y tiende a no valorar lo que tiene hasta que es demasiado tarde y ve cómo se le esfuma de las mano.

11950326_896118843802908_6238408310309068102_oNo nos damos cuenta de que podemos ser felices con muy poco y que esas piezas diminutas conforman un puzzle mucho más grande de lo que pensamos. No necesitamos un coche, una casa más grande que la del vecino, una televisión con diez canales más que la de nuestro mejor amigo o el smartphone último modelo 4G en lugar de 3G. Somos marionetas de lo material cuando en realidad no es más que una felicidad ficticia lo que nos puede aportar el estar conectados las 24 horas a Internet mientras nos perdemos la verdadera esencia de lo que es disfrutar de las pequeñas cosas de la vida.

Cuántas veces no habremos ido caminando por la calle con la nariz puesta en la pantalla de nuestro teléfono móvil y pasamos por delante de un violinista al que ni nos hemos molestado en escuchar. O tal vez estar sentados en el parque con los amigos en una 11894414_896118057136320_6471635454479447699_otarde soleada en la que parece más importante la foto instagram que el pararse a escuchar el rumor del agua del río o el canto de los pájaros que se mezcla con el cosquilleo de los rayos del sol. Vivimos en una especie de burbuja que en lugar de acercarnos al mundo al que creemos estar conectados, nos aleja cada vez un poco más de él.

Durante mi estancia de dos semanas en Atapuerca recordé la importancia de escuchar en lugar de simplemente oír y ese observar en lugar de solo ver. Pueblo conocido por su yacimiento único en Europa y por ser zona de peregrinación que forma parte del Camino de Santiago. Creía que me pasaría la última quincena de agosto en un ayuntamiento relativamente grande con un número considerable de visitantes amantes de la arqueología, pero a mi llegada fui recibida por las casas de piedra de tejados irregulares que se aglomeraban a ambos lados de la única carretera propiamente dicha.

11850670_896118587136267_1941139289816945902_oUn parque, un bar que se acabaría convirtiendo en “El Farru” de cañas y partidas, unas canchas de baloncesto, varios albergues y esa iglesia desde la que se podían admirar los humedales y los campos dorados tras la siega. Un lugar que pese a que a diario es recorrido por cientos de peregrinos, vive mecido en una especie de letargo, en el abrazo de un viento burgalés que con sus manos hace bailar las ramas de los árboles y los pétalos amarillos de los girasoles. La huella de los caminantes parece quedar difuminada en un asfalto que se derrite bajo el sol abrasador que en invierno muda su piel por la nieve que tiñe de blanco el paisaje.

Sí, allí me di cuenta de que podemos ser felices con muy poco, pero al mismo tiempo ese poco forma parte de un gran conjunto capaz de rellenarel vacío que tantas veces -demasiadas- nos invade. Lugar de reencuentro con uno mismo y de establecer nuevos vínculos, quizás fruto de un hilo rojo que nos une a esas personas a las que estamos predestinadas a conocer. Lugar de escuchar a los demás y de escuchar esa voz interior 11895304_896118213802971_9011139465454525416_oque nos empeñamos en ignorar, como el susurro de la naturaleza que en Atapuerca parece más intenso, como si las vistas desde la iglesia llevasen versos impresos.

La felicidad está en placeres como dormir bajo las estrellas después de haberte perdido en ese cielo nocturno que parece una especie de océano en el que las nubes vaporosas recuerdan a la neblina y la espuma de las olas. Amanecer entre tonalidades rosas y naranjas mientras la esfera de oro emerge de entre las líneas que el horizonte traza en la lejanía y entonces el cielo retoma su color celeste con el ladrido de los perros de fondo y los pájaros madrugadores. Paseos bajo la luz de la luna y a través de una carretera que de día permanece igual de solitaria, animándote a que te tumbes por unos instantes y sientas el picor del sol en la piel. Sin el semáforo parpadeante de El diario de Noah pero con ese subidón de adrelina en la carrera hacia la cuneta cuando escuchas el motor de un coche que se acerca. 

11952767_896118873802905_5462307566749340796_oEl poder sumergirte en un mar de girasoles que parecen sonreírte cuando te abres paso con cuidado de no pisar ninguno de sus enormes y largos tallos. Como cuando te adentras en la espesura de los juncos que rodean las lagunas de unos humedales con vida propia en el que aves y caballos conviven en total armonía. Sentir que puedes llegar a rozarlos con la yema de tus dedos desde la distancia, igual que las mariquitas que tanto tiempo hacía que no veía y que volaban sobre la hierba del sendero serpenteante que tantas veces recorrí.

La felicidad también está en los ojos pícaros de las niñas del pueblo que pasaban parte de la tarde junto a la fuente intentando encontrar alguna rana a la que atrapar entre sus manos escurridizas. O en la mirada tierna de esa perra a veces asustadiza que pese 11884591_896118763802916_2913272752955322653_oa su anterior vida de golpes y gritos intenta seguir confiando en la bondad de aquellos que se acercan para acariciarla.

Ojalá con un simple chasquido pudiese despertar en alguna de las nubes de algodón del cielo de Atapuerca de pincelada sorollana para con mi paraguas invisible bajar hasta alguna de las casas del pueblo y posarme en uno de sus tejados. Cerrar los ojos y dejarme llevar por el viento, hasta volver a sentir las plumas de esas alas que durante dos semanas me hicieron libre en un microcosmos convertido en paraíso.


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