Etiquetas

, , , , , , , , , , , , , , ,

“Allá donde se cruzan los caminos, donde el mar no se puede concebir, donde regresa siempre el fugitivo, pongamos que hablo de Madrid” Joaquín Sabina


Madrid me conquistó de nuevo incluso pese al calor sofocante del mes de agosto en el que la capital se vacía poco a poco conforme el sol intensifica su fuerza. La ciudad de los Austrias ya no lucía sus galas navideñas como en mi última visita, pero sí me recibió con el mismo abrazo que me había arropado en diciembre. Calles con menos aglomeración de gente pero con la misma energía que en aquellos días de frío cortante con la bufanda hasta arriba y las manos en los bolsillos de un abrigo por el que se colaba la brisa de finales de año.

Pese a recorrer la mayor parte de lugares por los que ya había deambulado en paseos anteriores, Madrid volvió a sorprenderme. No podía evitar observarlo todo como si lo estuviese viendo por primera vez, intentando grabar en la retina de mi ojo cada detalle. Los mensajes impresos en las paredes de los muros de los edificios; los carteles de manifestaciones pasadas decorando Lavapiés; las banderas multicolor y las mantillas de un Barrio de San Cayetano en fiesta; las fuentes iluminadas en el Embajadores nocturno; un Parque del Retiro en flor… No quería perderme ningún contorno del horizonte desde el mirador del Palacio de Debot, con la Almudena perfilada a lo lejos y el Palacio de Oriente pintado sobre el cielo azul. De igual modo que al pasar por la Plaza Mayor no podía evitar quedarme parada contemplando los cuadros de los pintores callejeros que me hicieron revivir el Montmartre de artistas con pincel y paleta en mano.

Acompañada siempre por mi cámara, intentaba capturar las instantáneas que cobraban vida a mi paso, congelar esa poesía en movimiento de un Madrid en pleno verano. Una obra de teatro improvisada en plena calle de la que quería dejar constancia para luego en casa encajar las piezas del gran puzzle madrileño. Estampas en color y destellos en blanco y negro de una ciudad que tiene una especie de imán invisible que inevitablemente acaba absorbiéndome y entonces, sin darme cuenta, por muchos meses que pasen, amanezco otra vez más bajo el cielo de una ciudad de pincelada de Velázquez y Goya.


Plaza Mayor de pintores 

Palacio del Cristal del Retiro reconvertido en una haima del Sáhara

Palacio de Debot y sus vistas

La voz madrileña impresa en sus muros

“Enfermos de lo socialmente inmoral”, “Frente a sus mordazas desobedece” y “Solo me siento vivo cuando me matas con la mirada”.

Calles madrileñas salpicadas de color bajo el cielo de un intenso azul

Palacio de Oriente, libros antiguos y Jardines Sabatini

Magia en una mañana de domingo en el Rastro

Y ya de vuelta en casa, lejos del Madrid del que estoy enamorada, me sigo preguntando quién será esa mujer… Cómo se llamará el hombre que con ella bailaba chotis… Esa enigmática pareja del Barrio de San Cayetano cuya historia solo ellos conocen.

Anuncios