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“Por ti sere gaviota de tu bella mar” Barcelona, Montserrat Caballé y Freddie Mercury


Un día en Barcelona, apenas unas cuantas horas en la ciudad salpicada de senyeras y esteladas que me conquistó con sus edificios del más puro estilo de los años 20 y ese cielo grisáceo que tiznaba de una especie de hollín las fachadas de las Ramblas y alrededores.

La Plaza de Catalunya me conquistó con los colores intensos de los globos de helio y los niños -y no tan niños- caminando y correteando entre las palomas que se abalanzaba sobre las migas que teñían el suelo. De allí, a las Ramblas, a esa enorme avenida llena de turistas de múltiples nacionalidades con mapas en mano y mochila a la espalda observando Barcelona con la misma curiosidad con la que yo la contemplaba a través de mi cámara. Aunque yo era quizás más de dejarme llevar por la brisa de tiempos pasados imaginando que en cualquier momento vería asomarse por la ventana a alguna joven de las Juventudes Republicanas. Del mismo modo que intentaba recrear los paseos de la mano de parejas que ya se esfumaron al dirigirse hacia el teatro o alguno de los restaurantes que a día de hoy todavía conservan los rótulos de su nacimiento.

También forman parte de la Rambla los artistas callejeros que en ocasiones desafían a la policía y se atreven a bailar o hacer capoeira entre los viandantes hasta que les dan el primer aviso y tienen que rehacer sus petates y dirigirse hacia un nuevo rumbo. O los mimos de trajes espectaculares envueltos en telas doradas y alas en movimiento en contraste con su pose hierática propia del arte del Antiguo Egipto. Conforme avanzaba en mi camino, ya más cerca del Monumento a Colón y el puerto, la ciudad no dejaba de sorprenderme.

Otro de esos rincones mágicos es sin duda alguna el Mercado de la Boquería, una especie de microcosmos al lado de la Rambla desbordando vida y color. Puestos de frutas, frutos secos y especias en perfecta sintonía con los bares de preciosas lámparas de vidrio donde los turistas degustaban productos típicos de la tierra o saboreaban cervezas intrusas de otras regiones españolas. Una fusión de olores y colores que me atraparon desde el instante en que me adentré en el corazón de un lugar al que sin duda me gustaría volver con más calma. Al igual que al mercado de antigüedades cercano al puerto, allí donde se entremezclaban cascos de la Guerra Civil y medallas de la Rusia comunista de emblemas rojos y rostros stalinistas.

Ya con el atardecer corriendo las cortinas de la ciudad para dar paso a la noche, tocó despedirse de Barcelona entre el agua de colores de las fuentes de Montjuic. Un verdadero espectáculo de música y luces para poner el broche final a un día del que no me olvidaré en mucho tiempo. Volveré.


Una imagen vale más que mil palabras. Recopilación de fotos de mi paso por Barcelona.

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Claustro de la iglesia de Santa Ana, gran desconocida oculta en una de las callejuelas cercanas a la plaza de Catalunya y las Ramblas. Paz y calma en medio del ajetreo de la ciudad donde el único ruido es el rumor de las ramas de los árboles contra la piedra del siglo XIV. Lugar idílico para leer o escribir a la sombr de los arcos medievales.

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Menjares rapids en una Viena catalana con toque flamenco. Restaurante al inicio de las Ramblas bajando desde Plaza de Catalunya que desde luego no pasa desapercibido al caminante que hace su camino entre edificios con historia.

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Mujer africana en las Ramblas.

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Un peregrino rodeado de turistas atravesando una de las calles con más vida de la Barcelona actual. ¿Cuál será su próximo destino?

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La iglesia de las Ramblas, de puertas adentro y de puertas afuera.

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Bicicletas que me hacen recordar tiempos pasados por tierras escandinavas con la “Novena Sinfonía” de fondo y mapas de la música.

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Habitantes invisibles de una ciudad de contrastes como tantas otras.

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Puesto de frutos secos en un Mercado de la Boquería vibrante, donde francés, alemán e inglés se entremezclaban con las notas catalanas de quienes los regentaban.

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Nutella en el ambiente, olor que me trasladó por unos instantes a la orilla del Sena con sus puestos de crepes o a las creperías a lo largo y ancho de Pigalle de planchas humeantes.

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De cuando el cazador fue cazado en el Mercado de la Boquería

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El hombre de la Rambla, observador observado.

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El anciano de sonrisa tierna bailando al compás de las castañuelas mientras sus pies se clavaban en el tablado de madera.

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Otra estampa de esencia parisina que me hizo recordar paseos de invierno por las calles de Montmartre salpicadas de retratistas con papel y carboncillo y mano.

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El chico del espejo en el mercado de antigüedades del puerto.

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Casa en reformas entre el Ayuntamiento de Barcelona y la Generalitat de Cataluña, ¿Qué esconderán las cortinas que con el viento se mecían?

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El paso del tiempo, dos generaciones en la Plaza de la Cataluña, de fuentes, palomas y asociaciones catalanistas calentando motores para el 27S.


Fotografías: Ana Souto Villanustre

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