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Pese a haber cruzado el puente que separa -y une- la infancia con la edad adulta, no he podido despedirme de las películas de animación que a día de hoy siguen emocionándome tanto o más que de niña. Soy de esas amantes de Disney y Pixar, sobre todo ahora que parecen respirarse aires de cambio y los conceptos de príncipe azul y “princesa busca al amor de su vida” comienzan a oxidarse. Si Disney hizo daño a la sociedad con sus ideas de amor verdadero que en realidad destiñe y príncipes como salvadores de la patria sin los que una mujer no puede vivir, hoy en día tanto Disney como Pixar proyectan mensajes mucho más valiosos y poderosos en la gran pantalla. La vida real de un mudo mucho más fiel, sin filtros color de rosa ni pájaros revoloteando alrededor.

Mulán quizás fue la que asentó los primeros cimientos de un nuevo castillo Disney, seguida de princesas como la Rapunzel de Tangled con sartén en mano para defenderse por sí sola de los peligros de un mundo en el que ser mujer no significa simbiosis femenino-masculina para la supervivencia. Con todo, la película que realmente marcó un antes y un después fue el taquillazo Frozen, convertido ya en clásico, con Anna y Elsa como dos personajes que han hecho historia en la gran pantalla. Una película que va mucho más allá del empoderamiento de la mujer que puede encarnar Elsa, pues se trata además de un largometraje que reivindica el derecho a la libertad y la importancia de ser uno mismo, de vivir acorde con nuestros valores e ideas. Una película que demuestra que ser diferente no tiene porque ser negativo. Aunque quizás muchas personas recuerden esta película por esa escena de beso verdadero renovado que muestra el verdadero significado del amor.

Maléfica también simboliza el espíritu de Frozen, con un beso inesperado que refleja que el amor puede adquirir diversas tonalidades y no solo consiste en esa batalla inútil por encontrar a la media naranja impuesta por la sociedad. Amor entre hermanas, amor de una madre hacia su hija y por supuesto, amor hacia uno mismo impreso en las líneas del famoso Let it go que es mucho más que un canto a romper con las cadenas que ataban a Elsa a un mundo al que no pertenecía (o no quería pertenecer). Sin olvidar la propia auto-crítica en ese encuentro entre una Anna alocada y su príncipe que salió rana. Porque Anna no deja de ser una copia -quizás un poco más exagerada- de otras princesas Disney que parecían actuar llevadas por el amor y la ceguera ilusoria. El príncipe azul cambia su traje por el de villano para por fin mostrar que pese a que cruzar las puertas del amor no es un error, sí lo es creer que abren paso a un sendero de perfección, rosas y mariposas. “Love is an open door” pero a veces hay que saber cuándo cerrarla.

Películas de animación de princesas cambiantes en pleno siglo XXI, pero también hay otras grandes joyas en las que las coronas y los vestidos no son los protagonistas. Obras de arte como El rey león, Toy Story, Monstruos S.A. o Buscando a Nemo que desde mi punto de vista han quedado desbancadas por la que probablemente será considerada una de las mejores películas de animación de la historia. Hablo de la última película de Pixar, que apenas lleva unos días en las grandes salas españolas y ya se ha convertido en un fenómeno viral. Del Revés (Inside Out) es quizás la primera película de Pixar pensada para adultos sin dejar de estar destinada también a los más pequeños. Un nuevo cambio en el mundo de la animación a través de una película con un guion impecable que invita a la reflexión y ofrece una visión innovadora de esa parte oculta que todos llevamos dentro: las emociones. Los sentimientos cobran vida en los fotogramas que tienen por personajes a Alegría, Ira, Miedo, Asco y Tristeza. Una hermosa metáfora sobre la vida, el funcionamiento de nuestros pensamientos, sentimientos y subconsciente y metáfora también del paso de la más tierna infancia a una pubertad tan temida por los padres llegado el momento. La inocencia se plasma en personajes como ese amigo imaginario perdido en las profundidades del laberinto de los recuerdos. La personalidad de la que todavía es una niña está representada por las islas que comunican con el lugar de trabajo de las emociones que se encargan de dar cuerda a la pequeña desde que abre los ojos con cada nuevo amanecer hasta que es hora otra vez de irse a cama.

Me resulta fascinante el modo en el que se explican aspectos sobre los engranajes de la oniria y la insomnia, con ese estudio de producciones de sueños que calienta motores cuando los párpados dan paso a la oscuridad y dan un respiro a las emociones. También me parecieron preciosas esa especie de bolas de cristal en las que recuerdos del día permanecen atrapados y pueden ser revividos si las emociones así lo desean con solo proyectarlas como si de un cortometraje se tratase en la cabeza de la pequeña Riley.

Una película que me hizo revivir etapas de mi infancia y que al mismo tiempo me hicieron ponerme en el lugar de mis padres y en lo que para ellos supuso ver que su niña se hacía mayor, dejando de lado algunas islas de su personalidad para construir otras nuevas. Pensar también en mis propios primos, en los niños más cercanos a los que yo misma he visto crecer desde que tuve en brazos por primera vez a los pocos minutos de nacer en el caso de la renacuaja de la familia. Reflexionar sobre ese descubrimiento del mundo de su alrededor a través de sus ojos infantiles con filtro inocente que se van haciendo mayores y perciben la realidad de un modo diferente. Y los traumas, esos paréntesis en la vida de todo niño, esas malas experiencias, que hacen que las islas se tambaleen y recobren fuerzas. Metáfora de la vida misma tengas 5, 20 o 50 años, viaje de golpes y caídas de los que levantarse y para los cuales en cada momento de ese largo trayecto contamos con herramientas distintas.

Emociones de carne y hueso en la pantalla pero que también están a flor de piel en el espectador desde que la película empieza hasta que acaba. Momentos de risas, de tristeza, impotencia, rabia y melancolía. De esos largometrajes que dejan huella y demuestran que nunca se es lo suficientemente mayor para percibir ciertas cosas ni demasiado pequeño como para no saber apreciar otras. Porque Del revés es de esas películas que tienen que ser vistas más de una vez, de esas películas cambiantes que no entienden de edades pero que en cada etapa de la vida se ven de un modo diferente. La animación no solo es cosa de niños.


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