Etiquetas

, , , , , , ,

«La familia, la sociedad, la cultura, nos pone en un molde; cuando nos salimos del molde, empieza la curación y, no solo eso: hay que hacer algo que nunca haya hecho uno y mientras más difícil, mejor» Alejandro Jodorowsky


Recuerdo su boina gris, fue quizás el elemento que hizo que ese chico destacase entre el resto de jóvenes amontonados en la estrecha cocina de aquel albergue valenciano en el que pasé una de las mejores semanas de mi vida. Su boina y su piel morena, curtida. También me acuerdo de las diminutas dilataciones negras y de un estilo de vestir tan característico, que destilaba naturalidad y a la vez una elegancia desenfadada. Podría asegurar que a aquel palenciano que mordía regaliz fresca por los pasillos del hostel ya me lo había cruzado en alguna callejuela de la ciudad de pincelada sorollana. La sombra de un desconocido que llamó mi atención bajo el sol abrasador de finales de mayo y que más tarde me volvería a encontrar en el que fue mi hogar efímero en esa ciudad que me enamoró desde el primer momento.

La cocina del albergue adquiría un olor diferente cuando él se dedicaba a mover sartenes y ollas entre fogones salpicados de color gracias a su pasta con verdura salteada. Me fascinaba ver la soltura con la que picaba mientras el cuchillo bailaba sobre una tabla que por unos segundos cobraba vida. Y esa vitalidad, concentración en perfecta fusión con la energía que transmitía su sonrisa.

“He hecho demasiados espaguetis, ¿queréis unos pocos?” fueron sus primeras palabras cuando se nos acercó a la mesa en la que hacíamos tiempo mientras se hacía la comida. Oferta que al día siguiente se convirtió en un “¿Cómo se dice hola en gallego?”. Nuestro acento nos había delatado y esa necesidad tan suya por hablar conformaron la simbiosis perfecta para que de una simple conversación sobre la ley de normalización lingüística acabásemos pasando horas y horas en la terraza sin ser conscientes del paso del tiempo. De esas conexiones inexplicables pero que existen, como si un chasquido invisible e insonoro hubiese hecho brotar la luz en un cuarto a oscuras en el que siempre habíamos estado los tres sin saberlo. Una especie de confianza que no habíamos tenido que tejer, que había surgido de una nada acolchada y mullida en la que podíamos sentirnos cómodos mientras sus historias cobraban vida ante nuestros ojos.

Destilaba ilusión, vida, una caja de sorpresas, de experiencias y de proyectos de futuro en un Nepal al que soñaba regresar. Una de esas personas sin miedo a recorrer las curvas de la vida durante un tiempo, con sed de escapar de la línea recta impuesta por la sociedad y con ansia de aventura, de ver y descubrir mundo por sí mismo incluso si implica una soledad a la que no siempre es sencillo acostumbrarse pero que una vez saboreada y conocida, ya no resulta peligrosa. Transmitía fuerza y seguridad, un joven con muchas cicatrices apenas perceptibles en su piel pero que sin duda habían forjado esa esencia que compartió con nosotras en una Valencia cambiante desde aquel día que me habría gustado congelar en la terraza cercana a la Catedral.

Se había atrevido a ser dueño pleno de su propia vida, a caerse y levantarse, a tropezar cuentas veces hiciese falta para alcanzar sus sueños o al menos llegar a rozarlos con la yema de sus dedos. La personificación de un «a veces perder es ganar y no encontrar lo que se busca es encontrarse» de Jodorowsky. Yo solo podía sentir verdadera admiración.

Me pregunto qué será de él ahora. Imagino que su inseparable bicicleta, su gran amiga, su joya, seguirá haciéndole compañía y con suerte, aquella cámara que aguardaba con entusiasmo, ya habrá llegado a sus manos. Espero que tanto si continúa merodeando por la Valencia de la luz y los cielos despejados como si está en otra ciudad del mundo, esté llevando a cabo ese proyecto fotográfico. Captar con el objetivo la belleza de las personas y vender a pie de calle las instantáneas en blanco y negro para con el dinero recolectado retomar su aventura en un Nepal que muy probablemente añore su ausencia.

De él no me queda más que el recuerdo del sol acariciando nuestras pieles y sus ojos de un profundo marrón oscuro observándonos. Me habría gustado hacerle uno de mis robados, haber congelado su sonrisa con el flash de mi cámara para luego guardarla con mi filtro predilecto en escala de grises y negros, pero una foto suya en mi poder habría sido ir en contra de sus ideales de libertad. Tal y como él mismo me explicó, las fotos atrapan almas, capturan el espíritu del momento y él, él solo deseaba ser libre. Sin embargo, ese espíritu que sobre papel no dejó huella, sí dejó una profunda marca en el baúl de mis recuerdos. Porque hay personas efímeras que son eternas y Saúl, él es una de ellas.


Anuncios