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“El lenguaje incluyente y no sexista amplía nuestros márgenes de libertad para expresarnos como seres humanos” Instituto Nacional de las Mujeres de México


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¿Se pueden -y deben- considerar los piropos como violencia sexista? Desde mi punto de vista la respuesta es sí, a lo que añadiría el matiz de que trata de un tipo de violencia sexista de carácter verbal. Estamos hablando por tanto de acoso, que tiene lugar por norma general a pie de calle en el día a día de muchas mujeres (suelen ser las víctimas más frecuentes).

Desde luego que soy defensora nata de la libertad de expresión, pero el ser partidaria de que la gente pueda decir lo que piensa en alto no implica que defienda a aquellos que se exceden y traspasan la libertad de la primera mujer que se pasa por delante. Suelo insistir en la importancia de conocer donde acaba la libertad de cada uno y donde empieza la de la vecina (o vecino). Es cuestión de puntos de vista en muchas situaciones, pues el ser humano se caracteriza por su amplia diversidad de perspectivas en las diferentes esferas de la vida. Con todo, también se trata también de educación, de moral (y no hablo en un plano de tipo religioso, sino humano) y ética. En definitiva, respeto.

Que una amiga mía me diga que le gusta la ropa que llevo no me ofende porque existe un vínculo entre nosotras, de igual modo que no me molestaría que un amigo me dijese que le gusta más como me queda el moño que el pelo suelto, pues habría confianza entre nosotros. Que tal vez no me siente bien que me digan que voy mal maquillada o que parece que salí a la calle tal cual me levanté por la mañana, despeinada, pero al fin y al cabo un toque sincero también se agradece entre amigos. Para eso están.

Ahora bien, que un hombre que no me conoce absolutamente de nada me silbe desde el coche mientras me sigue con la mirada conforme cruzo el paso de peatones y asoma la cabeza por la ventanilla, pues ya no me agrada tanto. Tampoco me hace ninguna gracia ir caminando tan tranquilamente por la calle y que algún guarro de turno me suelte algún piropo. Me da igual que sea un simple “guapa” o un “a ti te lo comía todo” más bruto y vulgar. El acto es el mismo: cosificarme e invadir en cierto modo mi intimidad.

Me siento desnuda ante ciertas miradas con gran carga sexual muy alejadas de la forma en la que una amiga pueda mirarme cuando le doy dos besos al vernos y me dice “qué guapa que estás”. Esos ojos fijos incomodan y me hacen sentir una especie de objeto a su disposición sobre el que pueden opinar sin pensar en que la mujer a la que tienen delante es eso, una mujer, una persona, un ser humano, y no un mueble de IKEA al que tomar las medidas y observar con detenimiento.

Han sido demasiadas las ocasiones en las que me he sentido mueble con patas o muñeca de trapo a la que intento dar cuerda casi siempre demasiado tarde. Suelo ser lenta reaccionando ante piropos que cada vez me desagradan e indignan más y cuando me decido a largar alguna contestación ya el coche ha desaparecido o el susodicho está demasiado lejos como para acercarme a él y decirle algo. Alguna vez me limité a lanzar alguna mirada desafiante; también tuve momentos de alzar la mano con un elegante corte de manga y rostro de cabreo; en París -sobre todo por Pigalle- acababa soltando algún grito en gallego de indignación y frustración…

Pero lo que realmente me gustaría hacer sería parar en mitad de la calle al gran galán de los piropos callejeros y soltarle ese gran monólogo que llevo preparando desde hace bastante en mi cabeza. Como si se hace el sueco, me da igual, al menos me habré desahogado y quién sabe, si presta algo de atención quizás la vergüenza que le haga pasar tenga efecto positivo en el futuro. Porque dudo que a ningún hombre le entusiasme la idea de ser increpado en la calle a la vista de todos (y más que increpado, que una chica de 19 años le suelte un sermón modo profesora de primaria echando una reprimenda). El cazador cazado.

Puede que haya mujeres que no compartan punto de vista, aunque me cuesta creer que si alguna vez se vieron en alguna de las situaciones descritas no se hubiesen sentido ofendidas. Porque la autoestima te la suben las personas que conociéndote, queriéndote y con la sinceridad como bandera, te hacen algún cumplido. Y la autoestima también debe ir ligada al reflejo que tú misma ves cuando te miras al espejo y te gusta cómo te brillan ese día los ojos o cómo se te ondula el pelo más de lo normal. Yo al menos no necesito -ni quiero- que ningún pervertido me diga por la calle si tengo buen o mal culo, tetas grandes o pequeñas. Si realmente estuviese interesada en conocer su opinión ya yo me encargaría de preguntarle por mis caderas o mis piernas al aire en verano.

No quiero sus piropos, quiero su respeto (y su silencio).


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