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Sahara Libre (5)Recuerdo el día en que llegó como si fuese ayer y en cambio pasaron ya muchos años desde aquellas Vacaciones de Paz 2003. Era muy delgada y algo más alta que yo, aunque no era muy complicado superar en altura a una de las niñas más bajitas de su curso. Llevaba una camiseta con el paso del tiempo impreso en su tela desgastada y sus pantalones de color rojo contrastaban con las zapatillas blancas y una especie de túnica negra que fue sin duda la pieza que más me llamó la atención de su atuendo. Pelo oscuro y recogido en una coleta, de piel mucho más morena que la mía. Iba sentada entre mi hermano y yo en la parte trasera del coche, observando las casas que iban quedando atrás y la acercaban al que sería su hogar durante el resto del verano. Hija del desierto en el norte de España, una niña del Sáhara que dejaría huella en los corazones de muchas personas a las que conoció entre aquel primer día de finales de junio y principios del septiembre en el que su avión de vuelta despegó rumbo a Tindouf.

Sahara Libre (3)Me acuerdo de la luz de sus ojos de un profundo marrón chocolate la primera vez que la llevamos a la piscina, su primera parada antes de llegar a la que se convertiría en su segunda casa. La misma mirada de admiración con la que contemplaría el agua correr en la ducha o el chorro del grifo de la cocina. Durante esas semanas de vacaciones en España se pasaría horas y horas nadando en la piscina y chapoteando en un mar atlántico que hasta entonces no había tenido la suerte de poder contemplar. Agua salada impregnando una piel curtida por la ventisca de las montañas de oro de las que me solía hablar. 

Le gustaba mucho dibujar y plasmar en papel las haimas blancas de su tierra natal, un lugar completamente desconocido para mí pero que cobraba vida cada vez que cogía entre sus dedos los lápices de colores con los que también creaba banderas de franjas negras, blancas y verdes de triángulos rojos con luna y estrella en el centro blanco. Y yo me la imaginaba durmiendo encima de esterillas similares a la multicolor que me había regalado, en compañía de sus hermanas mayores, su hermano y sus padres. Intentaba recrear su día a día en el campo refugiados, palabra que hasta entonces para mí era desconocida y daba forma con pintura y pincel invisibles al rostro de una profesora por la que se notaba que tenía mucho cariño. Haimas bajo el sol abrasador que de noche desaparecía para sorprender a los saharauis con un descenso considerable de las temperaturas, cabras, patatas en forma de ondas que su hermana freía en la casita de piedra al lado de la tienda en la que vivía, tanques de agua que para rellenar necesitaban recorrer largas distancias… Shalka compartía conmigo las piezas que conformaban su puzzle de vida saharaui. 

Sahara Libre (2)También le encantaba responder a mis preguntas curiosas sobre una lengua que nunca antes había escuchado. Alguna mañana en lugar de hacer los cuadernillos que me habían mandado hacer en el colegio, yo escribía palabras en español y ella abajo lo traducía al árabe. Escribir de izquierda a derecha me parecía fascinante y el resultado, esas grafías que parecían auténticas obras de arte… Aprendí algunas palabras de las que todavía me acuerdo a día de hoy, como el “jaluf” (cerdo) que tenía miedo a que en alguna comida le sirviésemos por error o “matisha” (tomate). 

Otra novedad para mí era la de rezar varias veces al día mirando hacia ese lugar por el que tanta curiosidad sentía y se hacía llamar Meca. Acostumbrada al “Padre Nuestro” del catecismo estaba muchas veces tentada a observarla de rodillas en su esterilla mientras rezaba en su lengua madre, pero al mismo tiempo me parecía un acto tan íntimo y personal que no quería formar parte de un ritual que me parecía hermoso. Su cuerpo moviéndose con gracilidad y su concentración mientras sus labios se movían en susurros. Allah, ese era su dios y su religión, la musulmana. 

Sahara Libre (4)Recuerdo también las tardes con Hueva, otra niña a la que también habían acogido en el ayuntamiento de Brión y que vivía a escasos metros de nuestra casa. Les gustaba demasiado hablar entre ellas en árabe y yo me quedaba apartada contemplándolas sin entender nada, pero ahora comprendo, esa necesidad de hablar con los tuyos en tu lengua a pesar de que ambas supiesen que en dos meses regresarían a su vida normal rodeadas de un dialecto árabe con una marcada influencia del antiguo opresor español. 

Su foto sigue colgada en el salón, con la camiseta que la madre de Teresa le había dado y las gafas que otro vecino le había regalado para contribuir a solucionar un problema de vista que en el Sáhara nunca le habían podido tratar. Sentada al lado del estanque de Isabel, la fotógrafa que al final del verano le regalaría un álbum con todas las fotos que fue sacando de una niña sonriente a la que sin duda alguna tampoco ha olvidado. 

Y sus dibujos, las pulseras que nos dio a mi madre y a mí el día de su llegada, los curiosos cepillos de dientes hechos con palos y las hojas del cuaderno en el que di mis primeros pasos en la lengua árabe los guardo como un tesoro en una caja de latón. Conservo además una carta que Shalka había escrito para sus padres y nunca llegó a enviar. Estuvo guardada durante tanto tiempo sin abrir en uno de los cajones de mi escritorio… Quizás albergaba la esperanza de que algún día regresase a España y pudiese dársela por fin y escuchar su voz sin las interferencias telefónicas de las llamadas anuales que hacía cuando iba a Argelia.

Sahara Libre (1)Las últimas noticias que tengo de ella es que soñaba con estudiar y convertirse en doctora para poder ayudar a los demás. Me pregunto qué será de ella, qué será de su haima en El Aiun, de su padre algo ya mayor y de una hermana que por aquel entonces estaba planificando su boda. Me preguntó qué será del hermano que había estado el verano anterior al de Shalka con una familia de acogida vasca que la vino a visitar desde San Sebastián y si todavía tendrán cabras en la pequeña parcela de su casa.

Antes solía contemplar la luna en las noches de cielo despejado y me la imaginaba a ella observando la misma esfera blanca. La luna era esa ventana que de algún modo me permitía acariciar un desierto en el que deseaba poder sumergir mis pies y caminar al lado de una niña mágica. Era feliz sabiendo que pese a la distancia, pese a lo diferentes que eran nuestros mundos había algo que siempre nos uniría. 

Y desde la tierra de los mil ríos, aún a día de hoy, echo de menos a la niña de la tierra que todavía derrama lágrimas. Donde quiera que esté, grito bien alto por un Sáhara -su Sáhara- libre.


Revolucionarios del Saguia,
defensores del honor,
símbolos de la libertad
por la senda del compromiso,
la tierra derrama lágrimas,
sangre y dolor.

En mi anhelo, clamo temorosa
por el día del reencuentro,
a coro cantamos
al día del reencuentro.
No olvidéis al mártir
ni lo que dejó de legado
aquí está su sangre reciente
sacrificada por los ideales.

Gente del Sáhara,
seguid manteniendo
el compromiso en su totalidad
vuestra conveniencia
no es la integración.

La tierra derrama lágrimas

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