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No puedo quitarme de a cabeza la imagen de la niña de pelo negro azabache y trenzas de goma amarilla. De puntillas, asomándose a la taquilla del cine con su vestidito de encaje también amarillo y sus zapatitos blancos como la chaqueta de punto. Piel morena y cejas igual de oscuras que su cabello, de ojos de un marrón profundo lleno de luz, como esa sonrisa que asomaba entre sus labios cuando observaba a la dependienta servir palomitas en el enorme cubo naranja. De vez en cuando echaba un vistazo a su madre y miraba de reojo al padre, como si contemplar la cuchara sumergiéndose en el océano de palomitas crujientes fuese algo prohibido. Ojos traviesos descubriendo los secretos del mundo. Una Amelie en miniatura de pelo largo saboreando esas pequeñas instantáneas que para otros son simples piezas del puzzle de la vida cotidiana. 

Y mientras me rondaban todo tipo de preguntas. Cómo se llamaría, cuántos años tendría, a qué colegio iría, si tendría un hermano o una hermana con quien pelearse de vez en cuando o un peluche al que abrazarse cada noche… Son tantas las personas con las que nos cruzamos a lo largo de nuestras vidas y cuya huella no es más que un punto casi invisible en nuestro subconsciente… Quizás volvamos a ver esos mismos rostros en sueños, pero para nosotros son caras nuevas mientras dormimos o caras olvidadas cuando despertamos con un nuevo amanecer. Tanta gente en colas esperando nuestro turno en el cine o para entrar en el autobús; tantas personas con las que compartimos asiento pero no intercambiamos ni un mísero “hola” o un “adiós”…

Detrás de mí, otra niña también de vestido amarillo y diadema lila con flores, jugando con un niño de camisa azul, pantalones pirata y una piel del mismo marrón que su pelo rizado. Esa vitalidad en su mirada, su sonrisa al hablar al oído a la que tal vez fuese su hermana o una amiga con la que ir al cine quizás por primera vez… Los dos, apoyados en el frigorífico de los helados, barajando la manera de convencer a su acompañante adulto para adelantar la hora de la merienda en un día tan caluroso. Y las mismas preguntas sin respuesta, las mismas incógnitas y esa curiosidad que intentaba difuminar sacando mis propias conclusiones, recreando sus vidas en mi cabeza mientras esperaba a ser atendida. Todo en cuestión de segundos. E intentar grabar sus rostros en mi mente, por si volviese a cruzármelos en un futuro no muy lejano. Pero los niños cambian tan rápido, crecen a una velocidad pasmosa a determinadas edades… 

Infancia, adolescencia y más tarde edad adulta. Son tantos los niños a los que sonreímos en la cola del supermercado y nos devuelven la sonrisa, tantos los bebés que nos miran desde el carrito o que descubrimos bajos las mantas mientras están dormidos… Hijos de vecinos que agarran nuestros dedos meñiques con fuerza y a los que quizás acabamos perdiendo la pista con una nueva mudanza que tarde o temprano llega a un barrio de muchas casas o pisos… Niños a los que sin embargo no vemos crecer, no vemos saltar de una etapa a otra de la vida y tal vez se acaben cruzando ya de mayores por nuestro lado pero como simples desconocidos de cola de autobús o asiento de metro. 

A mí, que me gustaría luchar contra ese fluir del mundo del que apenas conocemos a un pellizco de sus billones y billones de habitantes, se me ha quedado grabada la espalda de la niña de vestido de encaje amarillo con latrenzas negro azabache.


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