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Estoy cansada del materialismo, de aferrarme a objetos que en el día que me toque marchar se quedarán aquí, como si nunca me hubiesen pertenecido. Estanterías repletas de libros que he ido acumulando con el paso de los años, cajas llenas de mapas y folletos de mis primeros viajes, figuras que adornan los estantes decorados por el lomo de novelas que en la mayoría de los casos solo llegué a leer una vez…

Viendo semejante cantidad de ejemplares cubriendo las paredes de mi habitación siento que me ahogo poco a poco y conforme la angustia aumenta al contemplar lo que en otro tiempo era para mí un gran tesoro, aumentan las ganas irrefrenables de sacar todo y meterlo en cajas, de despedirme de los libros que me acompañaron durante la infancia y la adolescencia y enviarlos bien lejos. Por un lado, los libros son esos destellos de luz que me nublan la vista en un intento por recordarme que he dejado de ser esa devoradora de literatura insaciable, pero el malestar no se debe a que me reprochen que me he olvidado de ellos, sino a un materialismo en el que nos refugiamos muchas veces y se acaba poniendo en nuestra contra.

En otro tiempo disfrutaba pasando horas y horas entre las estanterías de madera de una de mis librerías predilectas, buceando entre los libros recién llegados y entre publicaciones que ya hacía meses que habían salido de la imprenta. Me relajaba sentarme en la ventana de mi cuarto con un libro entre las manos o tumbarme en la cama hasta altas horas de la madrugada, incapaz de soltar el libro sin saber el desenlace de una historia que había conseguido desvelarme. Leer era mi pasión, mi refugio, de igual modo que me gustaba tener esos libros que iba leyendo lo más cerca posible. Me encantaba contemplar los poemarios y los clásicos de la literatura conformando un piano de cola multicolor, poder acercarme a ellos y rozarlos con las yemas de los dedos, como si por un momento fuesen a cobrar vida y las letras impresas en tinta negra se fuesen a echar a volar. Esa necesidad de poseer, de aferrarse a las cosas con puños y garras.

No reniego del bagaje de libros que he tenido el privilegio de leer y tampoco del aura que envolvió mi habitación durante tanto tiempo, pero ahora necesito deshacerme de las pastas duras y blandas que albergan historias que no necesito poseer para llevar conmigo vaya a donde vaya. Tanto dinero invertido en libros que lo único que hacen ahora es coger una nueva capa de polvo, tantos libros congelados en el tiempo que no llegan a ser amortizados…

Contemplando las estanterías repletas de libros me doy cuenta de que nos pasamos la vida aferrándonos a objetos, ya sea una novela, una postal de Roma o un recuerdo que alguien nos regaló. Creemos poder insuflar vida a cosas inertes, como si esos objetos que convertimos en tótems fuesen a hacernos recordar vivencias pasadas en el futuro. Nos obcecamos demasiado en el no-olvido, en acumular la mayor cantidad de cosas que nos hagan recordar y nos olvidamos de lo más importante, de vivir con intensidad cada segundo de nuestras vidas, de vivir para no olvidar, de vivir para recordar lo vivido. Al fin y al cabo eso es lo único que podremos llevarnos de este mundo, las vivencias de un presente que es pasado y futuro.

Desprendernos de las cosas materiales nos hace más libres, nos permite tener mucho más espacio para desplegar las alas y a la hora de alzar el vuelo, hacer que nuestra única carga sean las plumas que nos permiten volar allá hacia donde apunten las agujas de nuestra brújula. Así que ha llegado la hora de deshacerme de parte de esas cadenas de las que Rousseau hablaba y me despida de unos libros que pertenecen a los estantes de una biblioteca o una nueva librería. Porque vuele hacia donde vuele, esas lecturas siempre me acompañarán.

Dicen que una casa sin libros es como un jardín sin flores, pero yo no necesito libro alguno para saber a qué huelen las rosas o el jazmín en flor. Además, con cada nueva primavera abre una nueva biblioteca a la que escapar cuando los tulipanes todavía no hayan brotado en mi jardín y mis alas necesiten descansar.


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