Etiquetas

, , ,

destino1

“Un hilo rojo invisible conecta a aquellos destinados a encontrarse, a pesar del tiempo, el lugar, y a pesar de las circunstancias. El hilo se puede apretar o enredarse, pero nunca se romperá” (Proverbio chino)


Es fascinante lo rápido que pasa el tiempo, la velocidad a la que pueden llegar a moverse las agujas del reloj que tantas veces nos gustaría poder controlar y congelar los minutos y segundos para alargar las horas que se acaban esfumando y se escapan de los dedos, como los días que se consumen como las llamas de las velas. Me resulta increíble la rapidez con la que saltamos de una etapa a otra de nuestras vidas, despedir una aventura para dar comienzo a otra.

Echo la vista atrás y me cuesta creer que hasta no hace mucho tiempo estaba viviendo en una buhardilla en un barrio de París y al regresar al presente me invade una sensación de melancolía tras haberme despedido de aquel cielo parisino estrellado de tejados de pizarra y chimeneas humeantes pero por haber dicho también adiós al Vigo que me acogió entre sus brazos. Año comienzos y de nuevos retornos, esos principios que no son más que una continuación, como mi regreso a un Vigo en el que ya había vivido y al que retornaba siendo una persona completamente diferente a la estudiante novata.

Amanecí en un enero parisino para despertarme bajo un cielo celeste de febrero también desaparecido o al menos congelado por un tiempo en el recuerdo hasta que comience el nuevo curso. Han pasado solo dos días desde que volví a casa, pero no puedo evitar añorar ese ambiente de residencia con el que jamás había soñado. Desayunos rápidos para no llegar tarde a clase después de habérseme pegado las sábanas, tardes de estudio con música de fondo, noches de cine hasta altas horas de la madrugada, colchones por el suelo, los pasos de la de seguridad recorriendo el pasillo, el ruido del futbolín, los atardeceres despejados con las islas Cíes rasgando el horizonte…

Volví de París con el pesar de no haberme podido quedar en la ciudad de las luces, pero me fui de un Vigo en el que me habría gustado permanecer al menos una semana más, en ese microcosmos en el que al principio era reacia a vivir pero que me atrapó de igual modo que me embriagó Montmartre cuando fui por primera vez. Puede que el Campus de Vigo no sea el lugar mejor comunicado del mundo, que sea un engorro tener que coger un Vitrasa cada vez que quieres bajar al centro ya sea para ir al cine con los amigos o simplemente hacer la compra porque solo te queda un litro de leche en la nevera, pero la residencia alejada de toda civilización tiene algo especial.

La conocí en una cocina mal diseñada de un edificio con más defectos que virtudes (y muchos estarían de acuerdo conmigo, empezando por el conserje al que a veces llamaba Joselu en lugar de José Luis). Alta, delgada, sonriente, con un jersey de lana azul marino con bordados de color blanco que me recordó a la ropa navideña que llevaban mis compañeras de clase estadounidenses. Con zapatillas de elefante, haciéndose la cena, o quizás fregando los platos de una cena ya acabada. Tenía miedo a compartir cocina con una chica con la que no acabase de hacer buenas migas o con la que simplemente intercambiase un “hola” o un “buenas noches” en la cocina, pero estaba completamente equivocada.

Dicen que en el mundo hay siete personas idénticas a ti, pero más que personas idénticas, yo creo que en el mundo hay hermanos predestinados a conocerse, que a pesar de no compartir lazos de sangre, sí están atados por un lazo invisible. No sé si se trata de un lazo rojo o de un lazo de color diferente, pero mi compañera de cocina era mucho más que una persona con la que compartir hornillos y fregadero. Compañera de noches en vela, de tardes de paseo y fotografías en blanco y negro, acompañante de sesiones de baile con música a todo volumen, confidente, lectora de mis artículos, amiga. No sé si somos almas gemelas, pues cada una es diferente en esencia, pero lo que sí sé es que nos complementamos, que aunque a veces las piezas del puzzle no acaben de encajar del todo bien, sí muestran la belleza de una imagen conjunta. Para mí fue y es esa hermana que hasta ahora estuvo perdida y tuve oportunidad de conocer.

Cada vez estoy más convencida de que Forrest tenía razón y la vida sea una caja de bombones, de aventuras que deparan sorpresas y sorpresas que te lanzan a vivir aventuras. No sé qué es lo que me depara el futuro próximo, no sé dónde viviré, a quién conoceré, pero sé que recordaré con cariño un año de cambios, de comienzos y de retornos. Tampoco sé qué será de ella, pero estoy convencida de que vivirá un año inolvidable en tierras francesas, en ese país fascinante en el que el vagalume que llevo dentro brilló más intensamente que nunca.

Solo espero que nuestros caminos vuelvan a cruzarse y aunque cada una elija su propio rumbo y dirija las velas de su navío, nuestros senderos no estén muy separados el uno del otro. Afortunadamente, el libro de los acontecimientos siempre se encuentra abierto a la mitad y en mis hojas siempre habrá un hueco para la tinta de su bolígrafo.

Anuncios