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“Cuán maravilloso es el ave fénix; vive, crece, aprende y resiste. Luego solo se disipa en sus cenizas, de las cuales retorna a la vida, ansioso de encontrar un nuevo amanecer”.


De las cenizas
que yacen en el suelo gélido
sumergido en las profundidades
de una oscuridad desoladora,
brotan chispas doradas,
como ascuas de un fuego
que se resiste a apagarse,
luchando contra una muerte prematura.

Las chispas diminutas,
al principio tímidos puntos
atrapados en la tinta negra
de las entrañas de la tierra,
se transforman en llamas,
en lenguas de un intenso naranja,
sedientas de vida,
de luz,
de libertad.

El fuego se hace dueño
de las tinieblas,
devorando hasta la última ceniza;
la montaña gris desaparece,
como si nunca hubiese existido
y de la invisibilidad
de unas cenizas inexistentes
emergen las alas doradas
de un ser incandescente,
cubierto de plumas teñidas de fuego.

El fénix revive
y extendiendo las alas,
escapa de la cárcel
en la que tanto tiempo
llevaba atrapado,
volando hacia la luz
que comienza a atisbarse
al final del túnel negro,
con alas de libertad.

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