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“Respetar y entender la belleza y el amor de otras culturas diferentes a la nuestra posiblemente sea el mejor comienzo para entender, comprender y tolerar” Joaquín Lomba


Nunca llegaré a comprender el porqué de un odio que parece innato a un mundo que en realidad es maravilloso. No entiendo por qué existe esa necesidad visceral de atacar al prójimo y anularlo constantemente en lugar de levantar las piedras de un futuro mejor entre todos. El poder de una buena acción tiene la capacidad de mover montañas si verdaderamente nos lo proponemos, pero a la hora de la verdad, nos dedicamos a destruir, a derribar muros y levantar otros en función de intereses individuales intoxicados por un egoísmo intrínseco al ser humano, que en realidad nació para hacer el bien.

Más de medio mundo se muere a causa de la injusticia y mientras tanto nos quedamos de brazos cruzados, impasibles ante los sucesos que aparecen al otro lado de la pantalla y reflejan la oscuridad que solo nosotros podemos borrar con nuestra luz. Hambre y desnutrición mientras en otros pueblos y ciudades los contenedores de basura se van llenando poco a poco de las sobras de comida desaprovechada; enfermedades que podrían curarse con una simple vacuna que a veces no llega al lugar adecuado; trabajos forzados en condiciones inhumanas para que al otro lado del mundo las tiendas de ropa sigan abastecidas a precios a veces irreales; armas y violencia en lugares donde se derrama sangre y las muertes de inocentes y civiles parecen no estar en la lista de preocupaciones de aquellos gobiernos a los que les preocupa más seguir llenando sus bolsillos…

No entiendo a qué viene tanto odio hacia personas que a pesar de que vivan a miles de kilómetros de distancia o pese a que su piel sea más oscura que la nuestra forman parte de esa gran comunidad de seres humanos que parecen haberse olvidado de su humanidad. Qué importa rezar a un dios que en lugar de llamarse Allah se hace llamar Yaveh, qué importa ser hombre o mujer, niño o niña, ser negro o blanco, si todos y todas hemos venido al mundo para vivir y hacerlo dignamente.

La diversidad parece ser el mayor mal de un mundo en el que ser diferente es sinónimo de incompatibilidad. Pero esa multiculturalidad, esa variedad de colores y tonalidades es la verdadera magia de un mundo que no sabemos valorar lo suficiente. Nos empeñamos en borrar esas diferencias, cuando en realidad diversidad es riqueza. Señalamos con el dedo todo lo diferente, lo tachamos de peor o incluso de peligroso, y lo perseguimos hasta hacerlo desaparecer a pesar de que muchas veces ni nos paramos a observar de cerca esas diferencias que quizás se parezcan más a nuestra realidad de lo que nosotros pensamos. Si nos parásemos a escuchar al que creemos tan opuesto a nosotros nos daríamos cuenta de que formamos parte de un gran conjunto, de una gran familia en la que cada miembro merece ser protegido y respetado.



Diseño y dibujo de portada: Cristina Ferreiro Collazos. Edición: Ana Souto Villanustre

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