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Desde que nacemos hasta que morimos nos empeñamos en ver la vida como una línea recta, con un principio y un final que pasan por una paralela perfecta. Nos educan haciéndonos creer que la vida consiste en una carrera con obstáculos que hay que ir atravesando para llegar a la meta y nos obcecamos en mirar al frente sin prestar atención al resto de corredores que pasan por nuestro lado, al paisaje que rodea la pista de atletismo o a posibles caminos secundarios que hagan más llevadera la carrera.

Sin embargo la vida tiene forma de laberinto, es una gran red de calles y callejuelas, una línea recta imperfecta con curvas que constantemente intentamos borrar pero que en realidad son inviolables e inamovibles. La vida es cambio continuo, una sucesión de adversidades y vicisitudes, un tropezar para levantarse con más fuerza aunque eso suponga desviarse por un tiempo y recorrer una de esas curvas en las que la vida continúa aunque nos hagan creer lo contrario.

Nos enseñan a ser perfectos, a no errar, pues equivocarse es malo en una sociedad en la que cada tropiezo parece ser sinónimo de imperfección que implica fracaso. Pero quizás la equivocación esté en tener una perspectiva errónea de esas caídas inevitables o de esas malas decisiones. Cada error supone una lección nueva que nos hace más fuertes a lo largo de esa larga travesía por las calles y callejuelas de un laberinto cuya existencia negamos.

No obstante esas curvas no tienen porque ser fruto de una equivocación, pueden tratarse de caminos secundarios que nosotros mismos elegimos tomar pero de los que en ocasiones intentamos huir por miedo a equivocarnos y darnos de bruces contra un enorme muro de hormigón que cierra el paso. Pero si no lo intentamos nunca sabremos qué nos espera al otro lado de la arboleda, no sabremos qué sorpresas nos deparará la caminata en un nuevo horizonte. Elegir un camino más estrecho o pedregoso en un determinado momento de la vida no implica la imposibilidad de volver atrás o de cruzar un puente que nos conduzca al punto original en el que tuvimos que decantarnos por la seguridad de una línea recta preestablecida o el misterio de un camino desconocido.

Dejamos de hacer muchas cosas por miedo, por temor a lo que pueda pasarnos, a las represalias en caso de que la decisión hubiese sido poco acertada y hubiese tenido consecuencias negativas que ya no pueden ser borradas. Pero en este mundo, menos la muerte, el final de toda línea recta y toda línea curva, todo tiene solución. Dentro de veinte años nos arrepentiremos más por los caminos que no hemos recorrido que por aquellos que por los que sí hemos caminado.

Haya vidas pasadas o futuras, vida presente solo existe una y hay que vivirla al máximo, en toda su plenitud, con sus derrotas y con sus victorias, con los caminos de piedras y aquellos en los que las flores silvestres crecen entre los árboles que dan sombra. Siempre existe la posibilidad de que nos sorprenda la tormenta en un tramo del camino sin ningún lugar en el que resguardarse, pero después de la tormenta el sol siempre vuelve a brillar entre las nubes, dejando entrever la pureza de un arco iris que borra todo rastro gris de una lluvia efímera.

Cesa de definirte: concédete todas las posibilidades de ser, cambia de caminos cuantas veces te sea necesario – Alejandro Jodorosky


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