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“Las casualidades no existen en el Universo”. Esa frase jamás se me borrará de cabeza, ya forma parte de mi ser, de mi piel, de mi fragancia, de mis recuerdos. Es pasado, presente y futuro. Es esa dosis de energía que se esconde tras una forma de vida reflejada en los ojos de la mujer que me la dijo por primera vez en el corazón de una de las ciudades con más magia de una Europa empapada de historias como la mía que solo los muros de piedra conocen. Testigos silenciosos que quizás recuerden ese encuentro que tuvo lugar en las calles estrechas de la ciudad del Sena que en otro tiempo se hacía llamar Lutecia.

vasca (1)Era mi quinto día en París después de un largo viaje en autobús desde el extremo más al oeste del norte español. Hacía un día espléndido para haber despedido ya el mes de agosto y comenzar a recorrer el puente hacia el otoño que cubriría Toulleries de un manto de marrones y dorados. El sol acariciaba mi piel y creaba sombras sobre los adoquines de unas calles en las que acabaría dejando la huella de mis lágrimas al despedirme de todos los rincones que se convirtieron en mi refugio y mi hogar.

Me había pasado toda la mañana leyendo anuncios de ofertas de pisos y estudios, pegada al teléfono para recibir siempre la misma negativa al otro lado de la línea en un perfecto francés del que acabaría enamorándome todavía más con el paso de los meses. Tirar la toalla no era una opción, así que si Internet no iba a teletransportarme de mi habitación de albergue juvenil a la de un estudio abuhardillado o un apartamento de techos gigantes, tendría que cambiar de estrategia y salir a la calle. Inmobiliarias, tablones de anuncios en las iglesias con las que me fuese encontrando, farolas con posibles anuncios de “se busca compañera para compartir piso”… Así que aprovechando el buen tiempo, me lancé a la aventura. Para mí no llevar un mapa encima es sinónimo de aventura, pues teniendo en cuenta que llevaba menos de una semana en la ciudad y mi sentido de la orientación no es de los más brillantes de la historia, cualquier cosa podía pasar.

vasca (6)Me iba orientando medianamente bien gracias a los carteles que señalaban el trayecto para llegar a alguno de los puntos de mayor atractivo turístico de la ciudad y sin darme cuenta acabé sumergiéndome en lo que pronto descubriría que se trataba nada más y nada menos que el Marais.

Recorrí las calles serpenteantes del barrio judío con la intención de llegar a las puertas del Museo de Picasso, ese pintor español que hizo de Francia su patria, país que lo recibió con los brazos abiertos y lo arrapó hasta el final de sus días. Gracias a la ayuda de una anciana de sonrisa entrañable me topé ante los muros que escondían el edificio que alberga un museo que todavía estaba cerrado después de 4 años de renovación para una futura reapertura a finales de octubre. Desde fuera podía sentir la fuerza vibrante de la pincelada de Picasso, aunque ahora que estoy lejos del 3ème siento una punzada en el corazón causada por esa espinita que se me quedó clavada. En mi lista de cosas pendientes que hacer en un París al que quiero volver, está cruzar las puertas del Museo de Picasso y absorber los colores de unos cuadros cambiantes.

vasca (5)Misión cumplida pero solo a medias, pues no tenía ni idea de cómo volver. Había ido al museo sin querer ir, tentada por uno de los indicadores con los que me crucé durante mi paseo y no sabía cómo regresar. Había estado caminando durante muchas horas y no tenía ni idea de cómo llegar a la estación de metro más cercana. Así que en ese barrio para mí laberíntico aún a día de hoy, recordé la famosa frase que mi madre me lleva repitiendo desde niña y busqué a alguien a quien preguntar mientras en mi cabeza resonaba el “Quien tiene boca llega a Roma”. Analicé a los viandantes más cercanos y una mujer destacó de entre el resto.

Era delgada, no muy alta y llevaba puesto un vestido vaporoso de flores de color rosa y naranja en un fondo blanco. Lo que más destacaba era su sombrero de paja con una cinta de color negro.

“Pardon, est-ce que vous savez où se trouve la station de métro la plus proche?” [Perdone, ¿sabe dónde está la estación de metro más cercana]

Se quedó pensativa, mirando a su alrededor para situarse y poder darme algún tipo de indicación, pero pronto descubrí que ambas compartíamos la misma tara. Llevaba viviendo ya varios meses en París pero seguía siendo incapaz de orientarse en un barrio de calles tan distintas pero al mismo tiempo tan parecidas. Y entonces descubrí que era española, mujer del norte como yo, vasca.

vasca (2)Su mirada tierna me recordó a la de mi profesora de escritura creativa de Estados Unidos y a la de mi madre de acogida británica. Ese color grisáceo con tonalidades aguamar y verde turquesa tenía luz propia, de sus ojos manaba una energía especial, vitalidad. Pronto descubriría que las tres mujeres que formaron parte de tres de los viajes más importantes que he hecho en mi vida no eran tan diferentes; las tres destilan una fuerza única y especial y su filosofía de vida, su espiritualidad, su visión del mundo se complementan.

Hablamos de París, de sus calles con gente malviviendo en colchones a la intemperie en noches de un frío que paraliza y se cala en los huesos; de la belleza y la magia de sus edificios de tejados de pizarra y chimeneas de piedra; de la lengua romance de la que ambas nos enamoramos un buen día… Los minutos iban pasando y por nuestro lado pasaban viandantes de caras cambiantes moviéndose con el compás de las agujas de un reloj para nosotras congelado.

vasca (3)Ya habíamos llegado a Saint Paul, con su tiovivo a pequeña escala, era hora de despedirse, de dar las gracias y regresar a ese albergue que durante dos semanas sirvió de casa y hogar. Me miró fijamente y compartió conmigo su secreto. Ese creer para ver y no ver para creer, la fuerza de los pensamientos, proyectar aquello con lo que soñamos, aquello que realmente ansiamos y sin darnos cuenta podemos materializar con la fuerza de una mente a la que constamente subestimamos. “Las ondas de la radio traspasan el Universo, nuestros pensamientos son capaces de llegar mucho más lejos”. Es cuestión de creer realmente en que algo es posible.

“Cada noche, antes de quedarme dormida, imaginaba París en blanco y negro, con un corazón enorme extendiéndose por el cielo parisino y llegando hasta la Torre Eiffel. Noche tras noche imaginaba ese París al que quería volver, con la esperanza de que esos deseos llegasen a materializarse algún día y pudiese finalmente revivir mi sueño parisino nueve años más tarde. Un buen día, al abrir el buzón, encontré una postal de una amiga japonesa con la que había coincidido en un curso de francés hacía ya tiempo. La postal era en blanco y negro, con la Torre Eiffel de fondo y un ángel de espaldas recogiendo algo del suelo. Entre sus dedos tenía un corazón igual de rojo que aquel que en mis sueños previos a quedarme dormida iluminaba el cielo de París. Y entonces recibí una llamada: la posibilidad de trabajar en París”.

vasca (4)La historia me sigue poniendo los pelos de punta seis meses más tarde y todavía recuerdo la luz de sus ojos al desvelarme ese secreto fuente de fuerza futura en mi búsqueda de piso en un París en el que creía que no podría quedarme de no encontrar dónde vivir. “Así que cada vez que cierres los ojos cuando ya estés metida en cama en la habitación del albergue, imagina que ya estás firmando el contrato de tu piso e imagina en tu cabeza cómo será el piso en el que vivirás, con sus ventanas, su cocina, su cama…”. Su mirada y su voz se quedaron grabadas en mi mente y la ternura de una sonrisa que escondía el calor de ese abrazo que me dio cuando se despidió.

Y llegaron esas señales, la huella de la mujer vasca estaba en las calles de un París que a partir de ese día adquirió un color diferente. Paseando en compañía del que sería una especie de hermano mayor parisino, encontré en una farola un papel con tiras que en lugar de números de teléfono tenía palabras. Arranqué una, la guardé en el bolsillo de mi pantalón y por la noche, ya en la cafetería del albergue, descubrí que la palabra que había elegido al azar era “foi” (fe). Un escalofrío recorrió mi cuerpo y no pude evitar emocionarme y evocar el verde turquesa de una fe escrita en tinta negra. “Las casualidades no existen en el Universo”.

magia (1)No tardaría en encontrar piso, un estudio en el corazón del 8ème, a solo quince minutos andando del Arco de Triunfo, ese centro de una estrella que extiende sus brazos por un París radial. Una habitación de servicio en un sexto sin ascensor de escaleras serpenteantes que olían a madera con las arrugas del paso del tiempo que también se palpaba en la pintura descorchada de unas paredes en otro tiempo verdes. Un apartamento abuhardillado, como el piso con el que soñaba el escritor de Medianoche en París al que igual que a mí, le gustaba pasear bajo la lluvia en un París que mojado es todavía más mágico.

Y sonó el teléfono. Era la vasca. Todavía me sigo preguntando a día de hoy cómo supo que había encontrado piso, qué sintió en su interior para que justo el mismo día en que ya no era una apátrida supiese que por fin tenía casa. Pero era ella, Marisol, al otro lado de la línea se escuchaba la voz de aquella mujer vasca del Marais, la mujer de mirada dulce y sonrisa tierna que en un momento de oscuridad aportó rayos de sol que acabarían por iluminar todo París.

magia (2)La vida es ese largo camino de encuentros y despedidas, de principios y finales abiertos, de escribir las páginas de un libro que se encuentra siempre abierto a la mitad, de gente que aparece y gente que desaparece, de destellos de luz y nieblas espesas que convierten en gris el cielo celeste. La vida es ese largo viaje de tropiezos y levantarse, de derrotas y de victorias, de luces y de sombras. Pero la vida es también una fuerza poderosa, un aprender continuo impreso en las páginas de un cuaderno que siempre nos acompaña y donde queda la huella de las lágrimas de esas despedidas y esos reencuentros, de las mañanas compartidas y las tardes de soledad, de las conversaciones a orillas del Sena o en mitad de la calle con una desconocida a la que tenía que conocer.

Marisol forma parte de mi París, forma parte de ese comienzo atropellado y de un final que me habría gustado poder alargar. París son las tazas humeantes de cafés que bebí acompañada conversando con una mujer que me empapó de conocimiento y de lecciones de vida que he ido guardando con mimo entre las páginas de un álbum de los recuerdos impregnados de una nueva filosofía de vida. París es ese café que frecuentaban los Tres Mosqueteros y al que más tarde acabaría yendo el propio Alexander Dumas para inspirarse a la hora de escribir su novela. París es también Jodorowsky, Brian Weiss y el poder de la mente, la fe en uno mismo. París es ese espiritualismo positivo, esa forma de ver la vida con otros ojos y creer que todo es posible en este mundo si verdaderamente creemos en que imposible es una mentira creada por el miedo o el impulso humano de querer tirar la toalla en lugar de intentarlo.

ventanaBrian Weiss decía que “ya está programado quiénes serán las personas más importantes que conoceremos, cuáles los reencuentros con almas gemelas y compañeros del alma, incluso los lugares en los que sucederán esos hechos”. Ese encuentro con la mujer vasca no fue un encuentro fortuito, pues las casualidades no existen en el Universo.

Nunca sabré cómo agardecerle todo lo que hizo por mí, el gran regalo que me hizo a través de todas sus palabras de fuerza, esperanza y fe. Gracias a ella descubrí nuevos horizontes, nuevas formas de vida y al mismo tiempo me redescubrí a mí misma. Cada encuentro es una oportunidad de conocer personas nuevas predestinadas a cruzarse en tu camino y de conocerse a uno mismo gracias a ese hilo rojo que nos une a personas que aparecerán en determinado momento de nuestras vidas. Gracias a Marisol redescubrí el significado de espíritu, del poder que mana de cada uno de nosotros y que depende de nuestra determinación, de no tener miedo a sacarlo al exterior y hacer el bien a través de nuestros pensamientos y de una energía que no se puede destruir.

“Es este un principio aplicable a todos y cada uno de nosotros. Cuanto más dispuestos estemos a confiar en nosotros mismos y a mostrarnos tal como somos, más energía circulará por nuestro interior. Quienes viven a nuestro alrededor se beneficiarán de nuestra energía, comenzarán a confiar en sí mismos y a ser como son. Se convertirán a su vez en poderosos canales para su esfera de influencia. La transformación se extenderá rápidamente por todo el mundo” Shakti Gawain

Siempre le estaré eternamente agradecida.


Fotografías: Ana Souto Villanustre. París, 2014

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