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“Las personas mayores nunca son capaces de comprender las cosas por sí mismas, y es muy aburrido para los niños tener que darles una y otra vez explicaciones”.


El Principito es de esos libros que toda persona debe leer antes de morir, de esas novelas indispensables que tarde o temprano debe llegar a tus manos para darte cuenta de que estás pasando las páginas a un libro único e irrepetible que año tras año sigue estando en la lista de los cincuenta libros más vendidos. Es un libro inmortal con personajes que siempre perdurarán en el imaginario literario en las vidas de aquellas personas que un buen día tuvieron la oportunidad de conocer de cerca a ese niño de cabello rubio y sonrisa de oreja a oreja. Se trata de una novela que no entiende de edades, que no fue escrita ni para niños ni adultos, sino para la Humanidad, un legado de un escritor francés fascinante que con su pluma creó a uno de los personajes más fascinantes del mundo de las letras.

Saint-Exupéry escribió un libro que va mucho más allá del encuentro de un supuesto príncipe procedente de un planeta de baobabs y un piloto perdido en el desierto que no sabe cómo arreglar su avioneta averiada. La novela habla de la vida, de las casualidades que en realidad no existen en el Universo, pues todo pasa por una razón, todo está escrito en las líneas invisibles de un libro que nos acompaña a lo largo de nuestra larga caminata por un camino de adoquines multicolor.

Ese encuentro mágico representa a tantos otros que se producen a lo largo de nuestras vidas y dejan huella en nuestros corazones. Gente que aparece y se queda, gente con la que simplemente nos cruzamos o aquellos que permanecen durante un tiempo para más tarde esfumarse, como si se hubiesen ido con una tormenta del desierto, borrados del horizonte azul como si nunca hubiesen existido. Pero su marca está impresa en nuestra piel aunque sea apenas visible. Marcas en forma de alegrías, de arco iris interiores que brillan con luz propia sin necesidad de los rayos de sol y cicatrices que aunque en su momento hubiesen dolido, forman parte de un cuaderno de lecciones y aprendizaje. Somos producto de esos encuentros fortuitos y de ese largo trayecto que a veces recorremos en soledad y otras acompañados.

El Principito es además de esos libros cambiantes con el paso del tiempo, de esas novelas cuyas páginas se parecen haber transformado conforme el lector que un buen día siendo niño conoció al Principito y ya de mayor decidió volver al desierto a reencontrarse con el príncipe cuya rosa no era una rosa cualquiera, va creciendo. En nuestra infancia el príncipe es un amigo, un compañero; conforme crecemos, nos parecemos más a los adultos que confundían una boa con un elefante dentro con el ala de un sombrero. El Principito es el reencuentro con el niño o la niña que un día fuimos, es volver a la inocencia, ver de nuevo el mundo con los ojos inocentes propios de los niños que dicen querer crecer sin saber que conforme avanzan hacia la edad adulta van dejando atrás esa mirada bondadosa, inocente y que no se deja alienar por esquemas racionales de una sociedad en la que soñar parece estar prohibido.

El magnífico virtuoso de la pluma Saint-Exupéry escribió sobre lo maravillosa que es una vida que a veces no sabemos valorar lo suficiente y que dejamos escapar de nuestras manos hasta que acaba volando al compás del viento, perdida, sin un rumbo fijo. La vida son esas vicisitudes de un sino que en realidad no es destino, sino casualidad regida por una ley causa-efecto que no es casual, como el accidente de un aviador que jamás habría imaginado conocer a un niño que le pediría el dibujo de un corderito. La vida es esa caja de sorpresas que para Forrest Gump tenía forma de caja de bombones, es ese ciclo continuo de viajes que a veces se repiten y otras veces son completamente nuevos, como esa larga travesía del Principito de planeta en planeta, redescubriendo el Universo salpicado de personajes variopintos que consumían sus días contando estrellas o encendiendo eternamente una farola que iluminaba un país solitario.

El libro habla de encuentros y de despedidas a veces inevitables, del deseo de reencuentros que nunca llegan, porque hay cosas que solo pasan una vez en la vida. Por eso hay que vivir al máximo, como si cada día fuese el último, como si no fuese a haber ningún nuevo amanecer o las estrellas no volviesen a brillar en el firmamento.

A veces, cuando observo detenidamente el manto negro a través de mi ventana me fijo en cada uno de los puntos dorados que iluminan el cielo e intento escuchar el sonido de las estrellas en las que el Principito grabó la melodía de su risa mágica convertida en cascabeles de luz. Y me quedo contemplando el horizonte, deseando que quizás, aunque no sepa dibujar corderos y tampoco sea una aviadora en apuros, aparezca entre los árboles el niño que se fue con la arena del desierto. Mientras tanto intento mantener viva la luz de la niña que fui en un día y que nunca se borre la huella que el Principito dejó en mi corazón hace ya muchos años.

“Todas las personas mayores fueron al principio niños, aunque pocas de ellas lo recuerdan”.

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