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Sacré CoeurLa primera vez que viajé a Montmartre fue a través del televisor una noche en la que estaban echando un reportaje sobre una película que años más tarde acabaría viendo y que conseguiría que me enamorase todavía más de un París al que siempre había soñado ir. Todavía me cuesta creer a día de hoy que la misma niña que soñaba con caminar a los pies de la Torre Eiffel o tomar un café sentada en una de las mesas de Les Deux Moulins acabaría viviendo en una buhardilla en el 8ème.

Quizás no haya sido más que un sueño del que pronto me despierte para descubrir que todos esos paseos a orillas del Sena, las mañanas recorriendo las calles de un Montmartre con vida propia o el baile sutil de la llama de las velas que encendí en la catedral de cúpula blanca, fueron producto de mi imaginación y de ese intenso deseo por dormir bajo el cielo parisino salpicado de tejados de pizarra.

Pero en esos momentos de dudas paso las páginas de ese futuro álbum de fotografías todavía por revelar y es entonces cuando me doy cuenta de que no fue vano sueño al sentir una pequeña punzada en el corazón fruto de los recuerdos. Destellos de felicidad parisina que intento conservar en frasquitos de cristal como el del perfume de una joven a la que le gustaba coleccionar guijarros para lanzar en el Canal de Saint Martin.


 Mis primeros pasos por el Montmartre de lienzos y cafés

Recuerdo aquella tarde de mediados de septiembre –quizás de finales- en la que el sol era protagonista en un París que se resistía a despedir el verano para dar la bienvenida a la estación que acabaría tiñendo el parque de Luxemburgo de una capa marrón de hojas secas. Rome, Blanche, Pigalle… paradas de metro de la línea 2 que me acercaban cada vez más al Abesses en el que el hombre ciego de Amelie iba acompañado de su magnetófono. Un cosquilleo interior recorría mi cuerpo conforme el metro avanzaba y las luces parpadeantes iban marcando el final de nuestro trayecto.

Mur de l'amourSalimos al exterior y nos atrapó el ambiente festivo de un Abesses teñido de rojo, amarillo y negro, colores belgas que se mezclaban con el olor a patatas fritas en cucurucho de papel de periódico y las notas musicales que brotaban de los instrumentos de hombres y mujeres vestidos para la ocasión. El pequeño tiovivo pasaba desapercibido entre la multitud que bailaba al compás de la música junto a los cabezones gigantes hechos en papel.

Abriéndonos paso entre la muchedumbre llegamos al parque del amor con su muro de un intenso azul del que brotaban palabras impresas en blanco con la palabra “te quiero” en –no sé si todos los idiomas del mundo- pero sí muchas lenguas diferentes. Gallego, español, portugués, árabe, tamil, lenguaje de signos… Una pared gigante con algún que otro corazón rojo dibujado en el azulejo y una docena de turistas con cámara en mano fotografiando el monumento al amor.

MontmatreY llegó el momento de subir las escaleras, de subir esa larga cuesta para llegar a la cima del montículo coronado por esa grandiosa catedral con aspecto de mezquita de mármol blanco que evoca al mundo clásico y al mundo de esencias árabes, como símbolo de unión de pueblos y culturas que hoy en día conviven en las calles de París. Gente bajando y gente subiendo, escalones sucediéndose como si por momentos llegasen a multiplicarse, hasta que por fin llegamos al corazón de Montmartre. Calles y callejuelas llenas de pequeños cafés, de creperías humeantes y tiendas de souvernirs intentando captar a los turistas que, al igual que yo, visitaban el barrio por primera vez.

Una fiesta de color y olores en un París de rostro diferente, en un microcosmos único e irrepetible. Intentaba retener en la mente el nombre impreso en cada cartel, el tono de los marcos de madera en las ventanas de los restaurantes y seguir el curso de la pincelada de los artistas herencia de aquellos primeros contemporáneos que hicieron de Montmartre su hogar. Conforme me iba adentrando cada vez más en el arco iris laberíntico de adoquines irregulares, me paraba de vez en cuando delante de alguna puerta con la esperanza de ver emerger de algún bistro a Matisse, Renoir o Degas, pero tenía que conformarme con los encuentros fortuitos en las tiendas de recuerdos con los dibujos de Touluse-Lautrec como protagonistas de una Belle Époque ya marchita.

Montmartre_Souto_Villanustre (5)La pureza blanca de las cúpulas de mármol se iba dibujando detrás del boceto de los tejados de los edificios de dos plantas y de vez en cuando se asomaban las figuras de bronce verde detrás de las chimeneas de casas de épocas pasadas. Hasta que por fin me encontré en medio de ese núcleo de vida desde el que la panorámica parisina cobra vida propia. Montmartre me atrapó entre sus brazos invisibles y entonces empezaron a sonar las primeras notas de ese Vals d’Amelie que tantas veces había escuchado y que me acompañó en otros viajes en el extranjero por tierras americanas y británicas.

Y la vi a ella, a la enigmática joven de acordeón rojo y cabello rubio, sentada a los pies de la catedral rodeada por palomas curiosas que de vez en cuando se acercaban a ella para sentir más de cerca las notas de una joya musical obra del bretón Yann Tiersen. Recuerdo el sutil movimiento de su cuerpo ondeante y sus dedos hundiéndose en las notas blancas y negras mientras sonreía a un público congregado a su alrededor y de vez en cuando su mirada se quedaba parada en alguna de las personas embriagadas por ese halo de magia vaporosa en la cápsula de un tiempo congelado.

Fue sin duda uno de los momentos más emocionantes de aquellos comienzos en un París que se convertiría en mi segundo hogar, un París que acabaría dejando su huella en un corazón que sigue latiendo al compás de las manecillas de Notre Dame.


Bailando al compás del Vals d’Amelie

Amelie es para mí mucho más que otro cliché de la ciudad de los clichés; es una forma de ver el mundo, una filosofía de vida, una percepción de los días como sucesión de esos pequeños detalles que tantas veces ignoramos pero que intento coleccionar como la protagonista a la que le gustaba hundir la cuchara en la crème brulée o los dedos en los sacos de lentejas.

Caroussel de MontmatreAmelie es para mí una película que simboliza el verdadero significado de una vida que muchas veces dejamos escapar, absortos en nimiedades que convertimos en montañas de arena construidas con los granos  de ese reloj al que nosotros robamos segundos y minutos.

“Son tiempos difíciles para los soñadores” es quizás una de las frases más famosas de la película, pero yo creo que Amelie simboliza todo lo contrario, pues los sueños solo mueren con la muerte del soñador y si el mundo tiene algo de maravilloso, es esa libertad de soñar, de construir caminos futuros mejores a partir de los sueños que alguien que se atrevió a soñar. La materialización de nuestros deseos, la lucha por hacer realidad aquello con lo que soñamos, mueve los engranajes del complejo mecanismo por el que se rige un mundo de ensueño. Solo los tiempos son difíciles para los soñadores cuando los propios soñadores tienen miedo a soñar.


Cajas oxidadas de latón

montmartre2“Es curiosa, la vida. Cuando eres niño el tiempo no acaba de pasar, y luego sin darte cuenta tienes 50 años, y de la infancia lo único que te queda cabe en una cajita oxidada”, pero quizás lo más valioso de la caja no sean los juguetes o las postales de una colección ya olvidada, sino los recuerdos, las vivencias, las personas que aparecieron un buen día y se marcharon y las que continúan compartiendo caminos que se entrecruzan con el de cada uno. 

De París no me traje ninguna caja de latón oxidada y tampoco compré ninguna de las cajitas musicales con el Vals d’Amelie brotando de su interior. Junté un par de periódicos antiguos, un ejemplar de Charlie Hebdo, unos cuantos mapas y billetes del metro, y la cámara de mi móvil repleta de fotografías y vídeos de mi paso por la ciudad que en otro tiempo se hacía llamar Lutecia.

Caroussel de MontmatreQuizás las imágenes congeladas por el objetivo de mi cámara sean el mayor de los tesoros de mi estancia parisina, esa poesía en blanco y negro que iba atrapando con mis dedos en los viajes en metro o los paseos por un París que se convirtió en versos en movimiento. Con todo, por encima de cualquier fotografía o de cualquier vídeo de un músico callejero tocando la guitarra, el violín o el acordeón, están esas estampas a las que solo yo tengo acceso en el enorme baúl interior de mis recuerdos, esos momentos vividos y compartidos con aquellas personas que forman parte de cuatro meses inolvidables.

Aunque no seamos conscientes, dentro de nosotros siempre llevamos una caja de latón que inevitablemente por efecto del paso del tiempo se acabará oxidando conforme nuestros recuerdos se vayan difuminando, pero las memorias siguen ahí, esas joyas que no se pueden palpar con los dedos y que tampoco se pueden reproducir. Eso es lo que hace que sean únicas hoy, mañana y dentro de 50 años.



Fotografía de portada y edición: Ana Souto Villanustre

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