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Parc de MonceauParís me enseñó a vivir la vida, a disfrutar de esos pequeños detalles y a cuidar con mimo cada vivencia, cada instantánea, cada encuentro fortuito… En París aprendí que la felicidad no hay que buscarla, que pasa ante nuestros ojos constantemente aunque nos empeñemos en construir felicidades ficticias que creemos poder llegar a encontrar pero que no son más que castillos de arena que se acaban desmoronando.

La felicidad está en la sonrisa de un niño que en el metro se para a observarte y sus ojos llenos de luz se cruzan con los tuyos; en las arrugas de esa anciana de la línea 1 que te desvela que está pasando las hojas de un libro que lleva acompañándola en cada nueva ciudad en la que tiene que reconstruir su vida como indigente; en ese músico de sombrero negro que cada vez que regresas de clase mueve sus dedos con delizadeza por un saxofón que resuena en toda la boca del metro; en esa lluvia que difumina la luz de las farolas de un parque de paraguas negros y caminantes solitarios…

DéfenseTambién está en esa señora vasca del barrío judío que se convierte en una especie de ángel de la guarda; en un ramo de tulipanes amarillos con una nota escondida entre sus hojas; en ese cajero de tez morena que se ríe porque en lugar de saludar con un bonsoir de tu boca sale un bonjour inconsciente a las ocho de la tarde… La felicidad está en los conocidos, en los desconocidos y en aquella gente que todavía está por conocer. La felicidad está en los besos que vuelan con el viento o en los que se quedan impresos en la piel su destinatario; en los abrazos a los pies de la Torre Eiffel de despedidas y reencuentros; en las sonrisas intencionadas, en las misteriosas; y en las miradas que se cruzan y lo dicen todo sin decir nada.

La felicidad está en el interior de cada uno, fuente de alegría en potencia, de una felicidad que no es efímera, sino eterna, pues la energía no puede ser destruida. Las calles parisinas, el olor a cruasanes recién hechos, las luces del tiovivo de Montamartre, una fiesta en compañía de los amigos, una llamada de teléfono inesperada, o las cartas con sellos de tiempos pasados del Marché au Puce son pequeños destellos que van iluminando nuestro camino, pero la verdadera felicidad está dentro de nosotros, en esa caja de latón invisible de la que solo nosotros tenemos la llave y que en lugar de postales o juguetes oxidados como los de Bretodeau, alberga recuerdos, memorias, olores, canciones y poesía en movimiento que la retina de nuestros ojos acabó congelando.

Metro de ParisParís me enseñó que felicidad puede ser sinónimo de compañía pero también de soledad, de una tarde a recorriendo los pasillos y salas del Louvre acompañada de nuevos amigos o de una mañana en la sala de las letras plateadas del Pompidou con música de fondo. Felicidad puede ser pasear a orillas del Sena con un amigo o compartir asiento en el metro con un desconocido que va cambiando de cara conforme te acercas a tu destino y otros han finalizado su trayecto.

París me hizo darme cuenta de que haya vidas pasadas o futuras, presente solo hay uno y no hay que tener miedo a vivirlo. La vida no es un camino de rosas y a veces incluso esas flores de pétalos bermellón pueden pincharnos con sus espinas, pero la vida es igual de maravillosa que ese Montmartre del que me enamoré estando enamorada de Amelie. Sin duda alguna, estar enamorada de la vida es el mejor motivo para vivir.


Fotografía de portada: Ana Souto Villanustre. Jardines de Toulleries, 2014

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