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“El verbo leer, como el verbo amar y el verbo soñar, no soporta el modo imperativo” Jorge Luis Borges


Gloria Fuertes

Recuerdo con cariño esos primeros libros que ocuparon las estanterías de una habitación repleta de títulos que he ido coleccionando con el paso de los años. Forman parte de mi infancia los versos de una Gloria Fuertes que también me acompañaba en los viajes en coche y los cuentos en gallego de la editorial Kalandraka que con tanto cariño guardo en un lugar privilegiado donde todavía resuena ese “Colorín colorado, este conto está rematado”.

La poesía no tardaría en llegar a través de la pluma de Rafael Alberti y ya siendo alumna de primaria solía pasarme por la biblioteca una vez a la semana para coger prestado algún libro con el que revivir sueños y vivir tantos otros por primera vez. En clase también teníamos un rincón de lectura y cada uno de nosotros cuidaba como un tesoro el cuaderno que acabamos encuadernando con dibujos ilustrando los títulos de esos libros que encabezarían la lista de futuras lecturas. Uno de mis cuentos favoritos era el que tenía por protagonista a la huérfana que se dedicaba a vender cajas de cerillas.

charlie-fabrica-chocolate-L-D5fP2dCharlie y Willy Wonka pronto se convirtieron en compañeros de aventuras, con ese olor a chocolate en el ambiente y azúcar glass convertido en minúsculos copos de nieve que acababan posándose en mi almohada antes de irme a dormir. Pero mucho antes de descubrir la existencia de los billetes dorados ocultos en tabletas de chocolate tuve la suerte de conocer a Ámbar Dorado. En mi cabeza todavía sigue grabado el momento en el que las mesas y las sillas del aula de la pequeña se transformaron en naves espaciales y el suelo empezó a temblar bajos mis pies.

vampiro01Otro de los personajes de mi infancia es sin duda alguna el Pequeño Vampiro. El primer ejemplar de una extensa colección llegó a mis manos a través de una maestra inolvidable con la que más tarde descubriríamos al vampiro en carne y hueso a través de la pantalla del televisor. Los libros de lomos rojos y negros acabaron rellenando los huecos de mis estanterías y cada vez que mis padres entraban en alguna librería, buscaba desesperadamente algún nuevo número de una colección que no llegué a leer entera. Con el Pequeño Vampiro aprendí palabras como ese “boj” reverberante y descubrí que con un par de dientes de ajo estaría protegida de cualquier vampiro malo.

Dejando a un lado los vampiros, me gustaría mencionar a Álex, protagonista de la trilogía de Isabel Allende que devoré cuando estaba en el instituto. “La ciudad de las bestias” fue un regalo que me hicieron mis vecinos en Navidad. Recuerdo la imagen en blanco y negro de la portada y algunos de los fragmentos con los que acababa temblando escondida debajo de las mantas de mi cama con la luz apagada. Pero siempre volvía a alzar la mano  y con cuidado palpaba la pared para encontrar el interruptor y seguir leyendo. No podía dormir si no sabía qué era lo siguiente que iba a pasar. Noches enteras leyendo hasta las tres de la madrugada sin ser consciente de que las agujas del reloj avanzaban mucho más rápido de lo que me gustaría.

ciudadBibliotecas, librerías, visitas clandestinas al estudio de mis padres para hacerme con algún libro de los que ellos quizás habían estado leyendo y me resultaban tentadores por sus títulos cautivadores… “La cocina de azafrán”, “El extranjero”, “La mujer que escribió la Biblia”… A través de ellos descubrí el calor de ese sol en llamas del desierto o el cosquilleo de la arena fina al rozar mis mejillas en un soplo de viento. Poder viajar de un país a otro moviendo simplemente mis dedos al pasar las páginas.

Jordi Sierra i Fabra, Agustín Fernández Paz o Fina Casalderrey fueron durante mucho tiempo mis escritores de cabecera. Jordi Sierra i Fabra me hizo descubrir la sociedad, con sus luces y sombras, con las dos caras de la moneda del mundo de las drogas, el olor a pólvora en las guerras con los civiles como víctimas y el tráfico de niñas cruzando fronteras borradas por los fajos de billetes. Con Agustín descubrí el poder del amor, de las cartas y la memoria histórica que se respira en lugares tan cercanos como la isla de San Simón, que retrató Julio Verne en una de sus novelas mucho antes de ser leprosería y posteriormente cárcel franquista. A Fina Casal de Rey tendría ocasión de conocerla con trece años con motivo de la celebración de un concurso de relatos breves en gallego. Recuerdo la luz de sus ojos detrás de sus gafas al narrar sus primeros pasos como contadora de historias cuando le leía en alto las cartas que su vecina analfabeta recibía. Cuando las líneas estaban teñidas por un halo de tristeza, Fina inventaba una historia diferenre que dibujase una sonrisa en el rostro de una señora que nunca sabría que no estaban leyéndole lo que en realidad ponía en la carta.

idhun_by_wilhem16-d4fuv9aPero sin duda alguna, la escritora que marcó mi infancia y mi adolescencia fue Laura Gallego García. Recuerdo a la perfección el día en que tuve por primera vez un libro suyo en mis manos. La portada blanca con dibujos negros impresos entre los puntos plateados de un Idhún que más tarde descubriría brillaba con la luz de un sol de mediados de mayo. En aquella feria del Día das Letras Galegas descubrí lo que en un futuro se convertiría en adicción. “Memorias de Idhún” sería solo el principio de una tradición que me llevaría a leer todos los títulos ya publicados y por publicar. Todas las novelas de Laura Gallego que albergo en mi cuarto tienen una historia.

“Alas negras” es solo un ejemplo de muchos libros por los que madrugué para ser de las primeras en hacerme con un ejemplar y “Donde los árboles cantan” cruzó el charco cuando vivía al otro lado del Atlántico. Aunque los libros con más historia, esos que cuido como un tesoro, son los que llevan impresas las palabras de Laura Gallego de su puño y letra. Primero fue el turno de “Memorias de Idhún”, en la Semana Negra de Gijón y más tarde me firmaría otros cuatro libros en Avilés, donde también tuve la oportunidad de ver a George Martin y a Javier Ruescas. La tinta negra de sus dedicatorias es inconfudible, la misma que usó para escribir las cartas que acabaron llegando a mi buzón con remite de Alboraya.

laura_gallego_pniEl enigmático apartado de correos al que enviaba mis cartas y postales lo conseguí por casualidad y un año después de mandar mi primera misiva, llegó la respuesta que ya no esperaba recibir. No es que dudase de la palabra de Laura, quien en su web aseguraba que algún día sí respondería, pero ya se me había olvidado que un buen día me había propuesto escribirle un largo testamento en clave de agradecimiento por haberme hecho soñar.

Los clásicos de la literatura también fueron víctimas de mi sed por empaparme de historias, de versos y prosa. Renacimiento, Romanticismo, Realismo… Estilos que se fueron sucediendo hasta llegar a grandes joyas escritas por la pluma de autores de la talla de Antonio Buero Vallejo y Federico García Lorca, dos de mis dramaturgos favoritos. Tampoco puedo olvidar algunas de las lecturas de ese 2º de Bachillerato en el que me sumergí de lleno en el mundo de la filosofía y me apasionaba leer a Platón, Rousseau o Marx.

El Principito 1Hoy en día peco de leer mucho menos que en aquellos tiempos en los que más que deleitarme leyendo lo que hacía era devorar un libro tras otro como si mi hambre de lectora no tuviese fin. Últimamente me decanto más por el ensayo o la novela de investigación, pero de vez en cuando me gusta volver a esos títulos en los que puedo sentirme arropada, donde puedo huir y evadirme durante un par de horas y volver a sentirme niña otra vez. “El Principito” y “Platero y yo” son esos dos libros inmortales que me gusta llevar vaya a donde vaya, aunque solo sea para tener cerca de la cama la portada con el rostro de ese niño de cabellos rubios y sonrisa de media naranja.

Todavía a día de hoy, cuando por las noches me asomo a mi ventana y observo el cielo salpicado de las pocas estrellas que la contaminación deja ver, recuerdo ese fragmento en el que el Principito convertía las estrellas en cascabeles. Las estrellas, con cada parpadeo parecen estar riéndose y me reconforto pensando que quizás esos puntos dorados sean agujeros diminutos a través de los cuales nos observa el pequeño Principito con solo asomarse por ese gran manto de tinta negra que quizás también cubra su planeta de rosas y baobabs.

leerLeer me ha dado la libertad de soñar, de viajar sin pasaporte y sin cruzar fronteras, de conocer países a los que jamás podría haber ido sin teletransportarme a otra dimensión. Leer me ha hecho poder crear mis propios sueños, diseñar mis propias rutas de viaje y trazar con mi pluma el retrato de personajes que forman parte de los rompecabezas de historias que llevo guardando en mi cajón de los cuentos desde pequeña. Leer me ha hecho crecer, me ha hecho percibir la realidad con otros ojos y ha hecho que mis propias palabras adquiriesen más fuerza, empapándose de términos hasta entonces desconocidos pero que vi desfilar por las líneas que otros escribieron en otro tiempo. Leer me ha hecho amar más la vida, amar más este mundo en el que vivimos, amar la palabra y amar la libertad de poder pensar soñando y soñar en pensar. Leer me llevó a crear, a sentir esa llamada interna que me obliga a coger pluma y papel y dejar volar mis pensamientos por el prado yermo del folio en blanco, porque tal y como decía Borges, “uno no es lo que es por lo que escribe, sino por lo que ha leído”.

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