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¿Por qué una chica entra gratis en una discoteca y un hombre no? ¿Acaso no abogamos por la igualdad? Se trata de machismo que económicamente beneficia a la mujer, pero que en realidad es tan perjudicial como cualquier otro destello machista de la sociedad.


¿Pagar o no pagar? Esa es la cuestión

En toda ciudad existen cuatro tipos de discotecas diferentes:

  • Aquellas en las que la entrada es gratuita durante toda la noche tanto para hombres como para mujeres. Más que discotecas estos locales suelen ser pubs o bares con música generalmente de mejor calidad que la de las discotecas.
  • Aquellas en las que el acceso a la discoteca es gratuito para las mujeres hasta determinada hora de la noche, generalmente hasta la una de la madrugada o las tres como muy tarde.
  • Un tercer tipo serían aquellas discotecas en las que solo los hombres tienen que pagar. Dependiendo de la ciudad el precio de la entrada puede oscilar entre los cinco y los veinte euros.
  • Finalmente estarían las discotecas en las que independientemente del género de una persona, hombres y mujeres tienen que pagar en igualdad de condiciones desde que abren las pueras del local a las doce y media de la noche hasta que su cierre.

A esta lista debería añadir un quinto tipo, pues dependiendo de quien esté en la puerta o del relaciones públicas que te aborde en mitad de la calle, quizás entres gratis si tu falda es lo suficientemente corta como para atraer la mirada de los hombres que se encuentren dentro a la espera de ver carne. Una cara bonita siempre te puede sacar de un apuro si no llevas suficiente dinero en el monedero o no te apetece gastar mucho esa noche y si esa belleza facial va acompañada de un buen escote, entrar gratis es
entonces más fácil.

A los relaciones públicas les interesa captar al mayor número de personas posible, pero cuando ya se pasan unos minutos de la hora límite para que las mujeres entren gratis, puede que acaben consiguiendo que su jefe deje entrar a alguna que otra mujer si escasean en el interior de la discoteca. Ya se sabe, hay que tener a la clientela alegre para que consuman y repitan experiencia. Dos cuerpos más contoneándose en la pista y alegrándole la vista a los allí presentes se convierten en el imán invisible que atrae a más chicos desesperados deseando pescar algún pez en medio de la oscuridad y la música estridente.

Me gustaría aclarar que con este último comentario no pretendo criticar en ningún momento el comportamiento de las mujeres que bailan con libertad en la discoteca (ya sea con sus amigas y amigos, con otra mujer o con un hombre) o visten de manera más recatada o menos, porque son completamente libres.


Cuando feminismo y dinero chocan 

Cats (Madrid), Kapital (Madrid) o Apolo, ya cerrada (Santiago de Compostela) son algunos ejemplos de discotecas en las que las chicas tienen privilegios. Aunque lo de entrar gratis en un local por el hecho de tener un par de tetas -si son de la talla 100 con una copa D mejor- y un culo -cuanto más grande sea más hay donde agarrar-, no lo definiría como privilegio. Lo tacharía más bien de machista y retrógrada, pues la mujer queda reducida a un simple objeto que lanzar a la pista de baile como si no fuese más que una chuleta de carne sobrevolando las cabezas de unos perros hambrientos y babeantes, como el Cancerbero de la mitología griega.

Lo peor de todo es que las mujeres reivindicamos no ser tratadas como muñecas de trapo y en cambio nosotras mismas dejamos que nos conviertan en marionetas, en un rebaño de ovejas que acaba cruzando las puertas de una discoteca en la que solo hay que abrir la cartera para enseñar el DNI. No hay que gastar ni un solo céntimo en una entrada que los hombres sí tienen que pagar.

Algunos grupos de amigos optan por dividir gastos y tanto mujeres como hombres acuerdan pagar parte del precio de la entrada que los chicos de la pandilla hubiesen tenido que comprar para poder entrar. Pero un gesto de este tipo no es suficiente, ¿de qué vale que las chicas aporten algo a la causa si de todos modos seguirán entrando en un local con valores que se alejan bastante de cualquier tipo de discurso feminista? Porque que no nos lleve a engaño, el hecho de no tener que pagar no hace que las mujeres sean más dignas o más respetables (ni respetadas). Se trata de pura estrategia, de convertir a la mujer en un reclamo, en mercancía al alcance de los que están dispuestos a pagar con la esperanza de que alguna acabe cayendo.

Muchas mujeres se enfrentan al dilema de si ser consecuentes con sus valores y convicciones o mirar más por su bolsillo y entrar de todos modos (“total, por un día no pasa nada…”). Además, la decisión no depende de una mujer únicamente, sino que la tiene que tomar el grupo en conjunto y quizás haya gente a la que no le importe pasarse las próximas cuatro horas de la noche entre babosos con ganas de perrear al son de un Baila Morena o de un Daddy Yankee que quiere devorar. Obviamente, conforme no todas las chicas que acaban entrando en mecas del reggaeton son amantes de Don Omar, tampoco todos los hombres que pagan por entrar van a la caza y captura de una mujer. La presión de grupo afecta a ambas partes, pero está claro que hay chicos que si pagan, es por algo.

Habrá compostelanos y compostelanas que sigan llorando el cierre de Apolo, Olimpo del pachangueo durante muchos años, pero yo celebro su muerte con alegría. Está claro que no festejo que sus antiguos trabajadores estén quizás ahora en las listas del paro, pero el cierre de Apolo supone un paraíso machista menos en el mapa de las rutas nocturnas por las capitales españolas. Quizás el que los techos de la discoteca se hubiesen venido abajo sea un preludio de lo que en algún futuro pasará en una sociedad machista cuyos cimientos no deberían tardar en caer si queremos vivir en justicia e igualdad.


Chicas, ¿cómo obtener entradas gratis?

“El público que interesa es el masculino. Una discoteca es un negocio, no una labor social. No harían ofertas para chicas si no supieran que los chicos vienen precisamente por eso” (Bienvenidos a la fábrica del asombro, blog de Eugenia Andino)

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