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¿Es el capitalismo compatible con la democracia? – Noam Chomsky

Siendo uno de los países más extensos del mundo, en Estados Unidos no resulta fácil mantener unido a un pueblo tan diverso a nivel religioso, ideológico y cultural, por lo que la clave está en encontrar una amenaza común, un enemigo que ponga en peligro la promesa de ese sueño americano y contra el que todos tengan que luchar como hermanos. Oda a la fraternité en la que los primeros americanos se inspiraron durante la elaboración de su Declaración de la Independencia.

Atacaron y aniquilaron a los nativos, de los cuales a penas quedan unas cuanta reservas y cuyo retrato no se ajusta a la realidad histórica en las películas de western tan típicas de los años 30, donde se ofrece una imagen más que edulcorada de la expansión de los blancos hacia el oeste.

La sed de nuevos territorios enfrentó a los que se hacen llamar americanos con los habitantes de antiguas colonias españolas que soñaban con su independencia. Creían que con ayuda de los soldados estadounidenses podrían por fin saborear la esencia de la libertad, pero no bien es sabido que este no es un ejército que se caracterice especialmente por su altruismo. Estados Unidos presta sus armas y la vida de sus hombres a cambio de algo. Antes eran las tierras y hoy en día es el petróleo, pero la realidad es la misma: el egoísmo llevado al extremo.

Uno de los mayores enemigos fue la URSS, símbolo del comunismo y potencia que hacía tambalear los cimientos del capitalismo por excelencia “americano”. El mundo estaba dividido por un muro de acero y la política del miedo y la represión formaban parte del día a día. Listas negras, apuntar con el dedo al vecino y al que antes era amigo, como la caza de las brujas que en tiempos de los puritanos habían tenido en Salem. Un Nuevo Mundo de promesas y sueños rodeado de un halo oscuro y siniestro.

Esa estrategia no ha cambiado. El enemigo es otro pero el objetivo es el mismo: evitar que el sistema se venga abajo. Hoy en día las armas apuntan hacia el mundo árabe, adversario que se vio reafirmado tras el 11-S y una guerra en Irak basada en las mentiras que muchos estadounidenses siguen teniendo por verdades. Unas armas nucleares inexistentes eran la última de las preocupaciones de unos líderes a los que se les hacía la boca agua pensado en las fortunas que podrían amasar de hacerse con el oro negro de esas regiones. Los que alzaban carteles del “No a la guerra” similares a los que portaron muchos españoles eran tachados de antipatriotas, de enemigos de su propio pueblo. En realidad aquellos que marchaban sin miedo por Washington, el mismo lugar en el que Martin L. King había soñado con una América mejor, eran los únicos que parecían no tener vendas en los ojos y que se resistían a creer a unos políticos corruptos y sin escrúpulos.

A día de hoy todos conocemos las atrocidades cometidas en guerras como las de Irak, donde los soldados, alienados por el virus de la guerra y derramamiento de sangre parecían haberse olvidado de que estadounidense o iraquí, todos somos iguales, sea cual sea la bandera que ondea sobre nuestra cabeza. Lo que me lleva a hablar de otro lugar no muy alejado de Iraq donde los soldados que portan las armas no llevan en sus uniformes la bandera de las cincuenta estrellas, pero indirectamente sí luchan bajo el águila americana.

Palestina es un territorio ocupado desde 1948 que vive sometido bajo la mano férrea de Israel. Muchas veces cuando se habla del conflicto palestino-israelí señalamos con el dedo esa democracia más que cuestionable basada en la fiebre del sionismo, pero Estados Unidos no es menos culpable que el gobierno israelí de las muertes de miles de civiles y de los ataques del verano pasado en la Franja de Gaza.

El dinero parece estar por encima de cualquier derecho humano en un mundo donde sencillamente no existen los derechos humanos desde el momento en el que la ONU baila al son de la música de potencias como la estadounidense que, con voz y voto, y derecho al veto, encabeza la toma de decisiones de los cascos azules.

Este comportamiento parece estar justificado por una oda a la democracia convertida en cruzada capitalista y respaldada por una política imperialista que nació el mismo día en que América amaneció bajo la sombra del Santa María. Pero, ¿son compatibles capitalismo y democracia?

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