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A día de hoy sigo sin concebir cómo es posible que en pleno siglo XXI se condene a las mujeres a ir siempre (o casi siempre) acompañadas de etiquetas del tipo “señora de”, “novia de” o “mujer de”, como si una mujer no pudiese tener denominación propia, llevando por etiqueta su nombre, reflejo de su identidad, igual de fuerte y merecedora de ser valorada que la de cualquier hombre.

Uno de los casos más sonados –ideas políticas aparte- es el de Tania Sánchez, una mujer que llevaba bastantes años de carrera política que ella misma se fue forjando gracias a su valía ya no como mujer sino como persona. ¿Y qué es lo que ha pasado? Nació el fenómeno Podemos liderado por Pablo Iglesias y Sánchez pasó a estar relegada ya no solo a un segundo plano, sino a convertirse en “la novia de Pablo Iglesias”, etiqueta presente en titulares de reconocidos periódicos y en los telediarios.

Por desgracia no se trata de un hecho aislado y lo peor de todo es que se acepta como algo natural cuando en realidad es una forma de anular a las mujeres, como si estuviesen en un nivel inferior que los hombres por el mero hecho de haber nacido mujer. Uno de los muchos ejemplos de micromachismo de una sociedad en la que en lugar de avanzar parecemos estar estancados y a veces hasta incluso retroceder en el tiempo.

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