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PREMIOS

La entrega de los Premios Nacionales de Bachillerato que tuvo lugar el pasado 27 de junio en Madrid, será, sin duda alguna, un día para recordar.
En este acto (algo aburrido e insulso, para qué negarlo), conocí a otros trece estudiantes premiados con los que fue todo un placer hablar antes y después de la entrega.

Me quedo con discursos como el de Francisco Luque, estudiante premiado con la máxima puntuación al que le doy la enhorabuena por los brillantes resultados alcanzados y por el rigor de un discurso reivindicativo y valiente.

Tal y como él dijo, debemos luchar por forjar una educación digna e igualitaria, alejada del segregacionismo que convierte al alumno en un simple número, en una etiqueta que nos tacha de tontos o de listos en función de las notas que saquemos.

En la entrega de los Premios de Bachillerato supuestamente se reconoce la “excelencia”, palabra que repitió una y otra vez uno de los políticos que intervino en el acto. Su discurso, desde mi punto de vista, infravaloraba a muchos estudiantes igual de válidos que no tuvieron la suerte de que se les reconociese su esfuerzo y constancia con un diploma firmado por un ministro incompetente que no tuvo el valor de hacer acto de presencia (una falta de respeto a mi ver).

Una nota no lo es todo. Hay estudiantes que sacan buenas notas y es evidente que esas notas son el reflejo del trabajo y de la perseverancia, así como de la autoexigencia en los estudios (que al fin y al cabo no dejan de ser nuestro trabajo). Sin embargo hay estudiantes con resultados “no tan brillantes” que se esfuerzan por aprobar y muestran interés por aprender (objetivo de todo estudiante, más que la nota en sí, que no deja de ser un número sobre papel).

Sí, aprender, concepto que no parece importarle mucho a esos políticos incompetentes que se han obcecado con una nueva ley educativa. Otra legislación más para la colección. Lo que conseguirá será deteriorar todavía más un sistema educativo que se tambalea y que ahora pasará a ser una carrera de obstáculos, una sucesión de reválidas y pruebas de acceso que convertirá a los estudiantes en máquinas de hacer una prueba tras otra. Porque sí, la enseñanza se basará en preparar a los estudiantes para superar esos exámenes y no en formar al alumnado para que aprenda y adquiera conocimientos básicos.

Es por ello (y por otras razones de peso que todos aquellos que también defienden la causa conocen muy bien) que decidí llevar al acto una camiseta verde (una de esas “camisolas da marea verde”, como decimos algunos en Galicia).

Mi objetivo era “dar voz” en un acto público a todas esas personas que se lanzaron a las calles reivindicando una educación pública de calidad e igualitaria. Padres, madres, alumnos, profesores (entre los que se encuentra hasta el hermano de nuestro querido Ministro de Educación) y muchas otras personas se han intentado hacer oír día tras día en las calles españolas y aunque sus reivindicaciones han sido ignoradas por unos políticos que parecen padecer algún tipo de sordera crónica, su lucha no ha sido en vano.

Debido a problemas técnicos con mi móvil, no he podido grabar el discurso de Francisco Luque, quien hizo una maravillosa intervención en el CSIC. Porque sí, tiene razón. Todos los estudiantes premiados deberíamos dar las gracias tanto a nuestros padres como a todos los profesores que nos han dado clase a lo largo de todos estos años. Los profesores tienen una gran responsabilidad en sus manos, pues son ellos (y nuestros padres) quienes educan y forman a las generaciones del mañana.

A mí me gustaría darle las gracias a una gran maestra que me dio clase en quinto y en sexto de Primaria (brillante profesora y mejor persona). Ella despertó en mí ese hambre insaciable por los libros que desde entonces no dejé de devorar; gracias a ella escribí mis primeros relatos y poemas (ahora una adicción); ella hizo brotar en mí esa pasión por la Historia y la Historia del Arte gracias sus maravillosas clases en las que nos animaba a poner esas gafas de exploradores y observar el mundo con otros ojos. De no haber sido por ella estoy convencida de que no habría llegado a donde llegué y tampoco habría tenido la oportunidad de estudiar un año en Estados Unidos. Esa maestra inolvidable me hizo un gran regalo: tener sed por aprender.

¡Enhorabuena a todos los premiados!

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